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Política - De Pe a Pa
Escrito por Editorial AMN   
lunes, 07 de septiembre de 2009

 

  • Tres años y Felipe Calderónno pudo con el paquete. Demagógicamente clama ayuda. Dice que el país reclamael concurso de todos “para salir de la inercia”. ¿Qué no fue la tecnocracia laque nos llevó a esa inercia? ¿Pero quién podrá ayudarlo? ¿Acaso el foxista Chapulín colorado?
  • Por: Alberto Vieyra Gómez


 

AMN.- Ni cómo ayudarlo. Él sigue terco combatiendo al crimen organizado en una grerra desorganizada. La mejor prueba de esa guerra desorganizada es que estando el ejército en Ciudad Juárez y a sólo dos cuadras de la comandancia de policía, el narco crimen fusila a 17 jóvenes, a los que considera como un producto desechable, como si estuviéramos auténticamente en tiempos de la Revolución Mexicana. Hemos retrocedido un siglo y en algunos casos hasta más.

 

Este presidente del “haiga sido como haiga sido” me recuerda a aquel par de chés que andaban de pesca y mientras uno nadaba, el otro muy quitado de la pena leía el periódico a orillas del río. De pronto, el que nadaba comenzó a gritar: ¡Auxilio Ché! ¡Auxilio! Me ahogo… Y el otro le contestó: ¡Grita Ché! ¡Grita Ché, pa´ que te desahogues!

 

Dejemos que Calderón se desahogue. Sobre este particular, diversos analistas coinciden en que a Calderón se le acabó el sexenio y tirado de a muertito espera que transcurran los próximos tres años para dejarle al PRI un México en ruinas.

 

Por ejemplo, el semanal análisis de Strategos Consultores no tiene desperdicio:

 

“A tres años de gobierno, a Calderón se le agotó el ciclo sexenal. El Presidente lucha ahora por sobrevivir. No está en condiciones de proponer, ni de fijar la agenda de la nación. Su problema, como el de Fox, fue apostarle a la inercia del régimen, antes que a un proyecto de transformación. Sus alianzas fueron con los viejos cacicazgos sindicales y grupos de presión que impidieron los pactos de la transición. Calderón como Fox agotó el proceso político en los cálculos de corto plazo de una alternancia limitada en el gobierno. No hubo capacidad ni interés para construir una visión de amplio horizonte. El colapso llegó y ahora el debate se centra en la forma política del 2012: alternancia de restauración o democracia tutelada por el Ejército. No fue suficiente el cambio de hombres en el gobierno. México requería un rediseño constitucional de todo el sistema político y de su modelo de desarrollo. Fox desperdició su bono democrático; Calderón no entendió las circunstancias excepcionales en las que arribó a Los Pinos. En ambos casos, la historia los asaltó. A Fox al final de su mandato y a Calderón, a la mitad.

 

Fox y Calderón se aliaron con lo más podrido del régimen; conformaron gabinetes sin un criterio político abierto. Fox apostó a la heterodoxia empresarial y Calderón al grupo compacto, al de amigos y leales acompañantes. En Fox el desorden fue emblemático, la anarquía su expresión más elocuente. En Calderón, se apostó al orden y a la mano dura del Ejército. Pero el conflicto destruyó la confianza de la sociedad en su Presidente y generó un sentimiento de zozobra y de rechazo. El 5 de julio pasado, el pueblo le cobró a la administración su incapacidad manifiesta de gobierno. Los agravios fueron del tamaño de la derrota.

 

Fox y Calderón extraviaron la brújula de la política. Se olvidaron de que el verdadero poder está en los gobernadores. El caso más dramático es el del actual mandatario, sin recursos y sin operación política, ahora tiene que voltear hacia las entidades que le reclaman fondos para la reconstrucción de sus gobiernos. Y lo tiene que hacer porque de su funcionamiento depende la normalidad institucional y la gobernabilidad del país. Dicho en otros términos, a pesar de que los gobiernos estatales derrotaron al Presidente, ahora éste tiene que salvarlos.

La debacle de Calderón es un auténtico drama. Con una fuerte oposición parlamentaria en la Cámara de Diputados tendrá que asumir los costos de gobernar con un presupuesto aprobado por sus detractores. Las tensiones políticas crecen porque no hay recursos suficientes para atender los reclamos de grupos y ciudadanos. En última instancia, toda confrontación se reduce a una disputa de redistribución de recursos. El de 2010, será uno de los presupuestos más austeros. Más pequeño que el aprobado para el ejercicio fiscal del 2008. Calderón sólo tiene una opción de gobernar: dejar en manos del PRI una buena parte de la agenda. Una ruptura política acelerará el colapso.

 

Felipe Calderón está en el peor de los mundos posibles. Si crece el deterioro de todos los fundamentales de la nación, la tesis del estallido social pasará de ser una forma de chantaje político de sus enemigos a una cruenta realidad que lo puede llevar al peor escenario de la historia.

 

Una recomposición del equilibrio no es posible sin una mayor degradación de su investidura. Recuperar márgenes de gobierno, pasa necesariamente por ceder en el diseño de una reforma de Estado que lo colocará en la ruta de la traición a su partido. Si ya ahora se impone la tesis de la cesión anticipada de poder, darle luz verde a la reforma beltronista significará confirmar la existencia de un pacto para sentar a Enrique Peña Nieto en la silla presidencial en 2012.

 

Ahora, el Presidente no sólo depende de la agenda del Congreso, sino de lo que hagan los gobernadores y 19 de ellos son del PRI. La crisis social puede llegar por el lado de las entidades federativas. Felipe Calderón requiere que los mandatarios estatales hagan su tarea en la contención de potenciales conflictos regionales. ¡Pobre Calderón! Si la pradera campesina se incendia, no habrá nada más que hacer.

Calderón puede apostar a reconstituir sus alianzas y a depender más de Washington y de los militares mexicanos, pero no habrá nadie que lo salve si se llega a instalar el escenario de la descomposición social. El Ejército tan presto a ofrecer su respaldo al Ejecutivo, pondría condiciones para intervenir en un escenario de insurrección y estallido social.

 

En estas condiciones, qué puede hacer el Presidente, si ni siquiera fue capaz de asegurar el protocolo de su informe en Palacio Nacional para el 1 de septiembre, como lo tenía previsto. Con una sola declaración, Francisco Rojas, el flamante coordinador parlamentario del PRI en la Cámara baja, lo devolvió a su realidad: acotamiento extremo y debilidad estructural. Para efectos prácticos, el Presidente dejó ya de gobernar. Su tercer informe es en realidad el fin de su mandato.

 

A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países de América Latina y del propio Estados Unidos, en México, el Presidente no puede pisar la sede del Congreso para rendir un informe a la nación sobre el estado que guardan los asuntos del país. Eso es un síntoma inocultable de degradación política. Es la confirmación de los enormes obstáculos que existen en la relación entre dos poderes de la Unión.

 

En un país con un acendrado presidencialismo, se pasó del día del Presidente al día del Poder Legislativo. Pero lo grave del asunto no es el cambio en las formas, sino la persistencia del fondo: un país de contrastes, acostumbrado a un liderazgo político fuerte de la institución presidencial, tiene ahora un mandatario débil que ya no inspira respeto, ni confianza entre los actores relevantes del sistema.

 

¿Quién debe ofrecer las respuestas para salir de una crisis envolvente de régimen político y de modelo de desarrollo? La cuestión es delicada porque el diagnóstico llama a una profunda reflexión sobre el futuro de la nación: frente al incremento de los precios de bienes y servicios públicos, ante el programa de choque del gobierno federal, la imposición de una reforma al régimen de gobierno que habrá de debilitar más al Presidente, el fortalecimiento de los monopolios y los oligopolios, la preeminencia del viejo corporativismo sindical, ¿cómo evitar el escenario de la ruptura política y el estallido social? ¿A qué poder endosarle la responsabilidad de este deterioro y de su crisis?

 

El Presidente puede hacerse a un lado con el argumento de que el Congreso no lo deja gobernar o puede asumirse como el estadista que requiere el país en el punto de inflexión en el que nos encontramos. El primer camino ya lo explotó Vicente Fox con resultados lamentables y el segundo reclama un liderazgo del que objetivamente carece el Presidente.

 

¿Qué le queda por hacer a Felipe Calderón? Acordar con el Congreso y con los partidos nuevos términos de relación. A nadie conviene la degradación política de la institución presidencial. Si el proceso continúa, se instalará la tesis del sexenio corto y del interregno político.

 

Queda claro que el Presidente ha concluido su mandato, pero ¿qué sigue? ¿La exacerbación de las contradicciones? ¿La multiplicación de los problemas? ¿La extensión de los conflictos? ¿La irrupción popular? ¿En quién recae el control del mapa de ruta del país para los próximos tres años? Por como se ven las cosas, todos apostarán a la inercia en una suerte de concatenación de cálculos suicidas de los principales actores involucrados en la coyuntura.

 

A Felipe Calderón le urge impulsar otros ejes de su gobierno. La pregunta es si le queda claro que lo tiene que hacer ya para librar de la mejor manera posible parte de la gestión que le resta con el mayor decoro político posible.”

 

 
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