Política
Calderón dejó de gobernar
| Calderón dejó de gobernar |
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| Política - De Pe a Pa | |
| Escrito por Editorial AMN | |
| lunes, 07 de septiembre de 2009 | |
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AMN.-
Este presidente del “haiga sido como haiga sido” me recuerda a
aquel par de chés que andaban de
pesca y
mientras uno nadaba, el otro muy quitado de la pena leía el periódico a orillas
del río. De pronto, el que nadaba comenzó a gritar: ¡Auxilio Ché! ¡Auxilio! Me
ahogo… Y el otro le contestó: ¡Grita Ché! ¡Grita Ché, pa´ que te desahogues!
Dejemos
que Calderón se desahogue. Sobre este particular, diversos analistas coinciden
en que a Calderón se le acabó el sexenio y tirado de a muertito espera que transcurran
los próximos tres años para dejarle al PRI un México en ruinas.
Por
ejemplo, el semanal análisis de Strategos
Consultores no tiene desperdicio:
“A
tres años de gobierno, a Calderón se le agotó el ciclo sexenal. El Presidente
lucha ahora por sobrevivir. No está en condiciones de proponer, ni de fijar la
agenda de la nación. Su problema, como el de Fox, fue apostarle a la inercia
del régimen, antes que a un proyecto de transformación. Sus alianzas fueron con
los viejos cacicazgos sindicales y grupos de presión que impidieron los pactos
de la transición. Calderón como Fox agotó el proceso político en los cálculos
de corto plazo de una alternancia limitada en el gobierno. No hubo capacidad ni
interés para construir una visión de amplio horizonte. El colapso llegó y ahora
el debate se centra en la forma política del 2012: alternancia de restauración
o democracia tutelada por el Ejército. No fue suficiente el cambio de hombres
en el gobierno. México requería un rediseño constitucional de todo el sistema
político y de su modelo de desarrollo. Fox desperdició su bono democrático;
Calderón no entendió las circunstancias excepcionales en las que arribó a Los
Pinos. En ambos casos, la historia los asaltó. A Fox al final de su mandato y a
Calderón, a la mitad.
Fox
y Calderón se aliaron con lo más podrido del régimen; conformaron gabinetes sin
un criterio político abierto. Fox apostó a la heterodoxia empresarial y Calderón
al grupo compacto, al de amigos y leales acompañantes. En Fox el desorden fue
emblemático, la anarquía su expresión más elocuente. En Calderón, se apostó al
orden y a la mano dura del Ejército. Pero el conflicto destruyó la confianza de
la sociedad en su Presidente y generó un sentimiento de zozobra y de rechazo.
El 5 de julio pasado, el pueblo le cobró a la administración su incapacidad
manifiesta de gobierno. Los agravios fueron del tamaño de la derrota.
Fox
y Calderón extraviaron la brújula de la política. Se olvidaron de que el
verdadero poder está en los gobernadores. El caso más dramático es el del
actual mandatario, sin recursos y sin operación política, ahora tiene que
voltear hacia las entidades que le reclaman fondos para la reconstrucción de sus
gobiernos. Y lo tiene que hacer porque de su funcionamiento depende la
normalidad institucional y la gobernabilidad del país. Dicho en otros términos,
a pesar de que los gobiernos estatales derrotaron al Presidente, ahora éste
tiene que salvarlos.
La
debacle de Calderón es un auténtico drama. Con una fuerte oposición
parlamentaria en la Cámara de Diputados tendrá que asumir los costos de
gobernar con un presupuesto aprobado por sus detractores. Las tensiones
políticas crecen porque no hay recursos suficientes para atender los reclamos
de grupos y ciudadanos. En última instancia, toda confrontación se reduce a una
disputa de redistribución de recursos. El de 2010, será uno de los presupuestos
más austeros. Más pequeño que el aprobado para el ejercicio fiscal del 2008.
Calderón sólo tiene una opción de gobernar: dejar en manos del PRI una buena
parte de la agenda. Una ruptura política acelerará el colapso.
Felipe
Calderón está en el peor de los mundos posibles. Si crece el deterioro de todos
los fundamentales de la nación, la tesis del estallido social pasará de ser una
forma de chantaje político de sus enemigos a una cruenta realidad que lo puede
llevar al peor escenario de la historia.
Una
recomposición del equilibrio no es posible sin una mayor degradación de su
investidura. Recuperar márgenes de gobierno, pasa necesariamente por ceder en
el diseño de una reforma de Estado que lo colocará en la ruta de la traición a
su partido. Si ya ahora se impone la tesis de la cesión anticipada de poder,
darle luz verde a la reforma beltronista significará confirmar la
existencia de un pacto para sentar a Enrique Peña Nieto en la silla
presidencial en 2012.
Ahora,
el Presidente no sólo depende de la agenda del Congreso, sino de lo que hagan
los gobernadores y 19 de ellos son del PRI. La crisis social puede llegar por
el lado de las entidades federativas. Felipe Calderón requiere que los
mandatarios estatales hagan su tarea en la contención de potenciales conflictos
regionales. ¡Pobre Calderón! Si la pradera campesina se incendia, no habrá nada
más que hacer.
Calderón
puede apostar a reconstituir sus alianzas y a depender más de Washington y de
los militares mexicanos, pero no habrá nadie que lo salve si se llega a
instalar el escenario de la descomposición social. El Ejército tan presto a
ofrecer su respaldo al Ejecutivo, pondría condiciones para intervenir en un
escenario de insurrección y estallido social.
En
estas condiciones, qué puede hacer el Presidente, si ni siquiera fue capaz de
asegurar el protocolo de su informe en Palacio Nacional para el 1 de
septiembre, como lo tenía previsto. Con una sola declaración, Francisco Rojas,
el flamante coordinador parlamentario del PRI en la Cámara baja, lo devolvió a
su realidad: acotamiento extremo y debilidad estructural. Para efectos
prácticos, el Presidente dejó ya de gobernar. Su tercer informe es en realidad
el fin de su mandato.
A
diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países de América Latina y del
propio Estados Unidos, en México, el Presidente no puede pisar la sede del
Congreso para rendir un informe a la nación sobre el estado que guardan los
asuntos del país. Eso es un síntoma inocultable de degradación política. Es la
confirmación de los enormes obstáculos que existen en la relación entre dos
poderes de la Unión.
En
un país con un acendrado presidencialismo, se pasó del día del Presidente al
día del Poder Legislativo. Pero lo grave del asunto no es el cambio en las
formas, sino la persistencia del fondo: un país de contrastes, acostumbrado a
un liderazgo político fuerte de la institución presidencial, tiene ahora un
mandatario débil que ya no inspira respeto, ni confianza entre los actores
relevantes del sistema.
¿Quién
debe ofrecer las respuestas para salir de una crisis envolvente de régimen
político y de modelo de desarrollo? La cuestión es delicada porque el
diagnóstico llama a una profunda reflexión sobre el futuro de la nación: frente
al incremento de los precios de bienes y servicios públicos, ante el programa
de choque del gobierno federal, la imposición de una reforma al régimen de
gobierno que habrá de debilitar más al Presidente, el fortalecimiento de los
monopolios y los oligopolios, la preeminencia del viejo corporativismo
sindical, ¿cómo evitar el escenario de la ruptura política y el estallido
social? ¿A qué poder endosarle la responsabilidad de este deterioro y de su
crisis?
El
Presidente puede hacerse a un lado con el argumento de que el Congreso no lo
deja gobernar o puede asumirse como el estadista que requiere el país en el
punto de inflexión en el que nos encontramos. El primer camino ya lo explotó
Vicente Fox con resultados lamentables y el segundo reclama un liderazgo del
que objetivamente carece el Presidente.
¿Qué
le queda por hacer a Felipe Calderón? Acordar con el Congreso y con los
partidos nuevos términos de relación. A nadie conviene la degradación política
de la institución presidencial. Si el proceso continúa, se instalará la tesis
del sexenio corto y del interregno político.
Queda
claro que el Presidente ha concluido su mandato, pero ¿qué sigue? ¿La
exacerbación de las contradicciones? ¿La multiplicación de los problemas? ¿La
extensión de los conflictos? ¿La irrupción popular? ¿En quién recae el control
del mapa de ruta del país para los próximos tres años? Por como se ven las
cosas, todos apostarán a la inercia en una suerte de concatenación de cálculos
suicidas de los principales actores involucrados en la coyuntura.
A
Felipe Calderón le urge impulsar otros ejes de su gobierno. La pregunta es si
le queda claro que lo tiene que hacer ya para librar de la mejor manera posible
parte de la gestión que le resta con el mayor decoro político posible.”
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