Política
De Pe a Pa
¿Quién pondrá fin a los Al Capone?
| ¿Quién pondrá fin a los Al Capone? |
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| Escrito por Editorial AMN | |
| jueves, 04 de febrero de 2010 | |
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AMN.-¿Fracaso total del lenguaje de las armas en el combate al narco crimen? ¿Por
qué si durante el 2009 se registraron en el país más de 7 mil narco
ejecuciones, el régimen del “haiga sido como haiga sido” sigue terco y empeñado
en vencer a ese poderoso y letal virus que ha desprestigiado solamente al
ejército mexicano? ¿Qué tanto tiempo más la institución castrense aguanta en
las calles, a sabiendas de que el deterioro en su imagen es cada vez más
patético? ¿Estará el ejército en las calles realmente para combatir al narco, o
solamente para acallar la protesta pública, en el año en que se cumplen los
siglos y los ciclos históricos de los dos movimientos sociales que cambiaron la
historia mexicana: la guerra de Independencia y la Revolución Mexicana?
¿Después
del 2010 regresará la tropa a sus cuarteles, a sabiendas de que ha sido
facciosamente usada en labores de policía que no le confiere la Constitución de
la República, y de ella se abusó en una absurda e hipócrita guerra, hasta ahora
perdida? ¿Tiene sentido seguir en una lucha contra las drogas y el narcotráfico
que impregna buena parte de la
literatura, sobre todo en México y Colombia, donde la cultura narco se ha
infiltrado en todos los aspectos de la vida? ¿Será mejor que el gobierno pacte con
ese virus, para evitar mayores tragedias, como la de ciudad Juárez del pasado
fin de semana, donde sin deberla ni temerla, un grupo de sicarios abrió fuego
contra decenas de jóvenes, de los cuales murieron 16, sin que haya poder humano
ni divino que de con los responsables?
Lo
de Juárez es solo parte de esa escalada de venganzas infinitas. Sabido es que la traición, se castiga con
acciones mafiosas que dejan huella. Esos crímenes dan como resultado más
muertes. Una cadena de nunca acabar.
Justo
con la tragedia de Juárez, en Argentina, el pasado 31 de enero moría una de sus
grandes leyendas del periodismo, el cronista y novelista más lucido del último
siglo, Tomás Eloy Martínez, catalogado como el gran retratista de América
Latina, o como dijera el mexicano Carlos Fuentes: “El escribidor de un país latinoamericano
autoengañado, que se imaginó europeo, racional, civilizado, y un día amaneció
sin ilusiones, tan latinoamericano como México o Venezuela”.
En
un artículo publicado por el diario español El
País, el martes 2 de febrero, el
escritor Carlos Fuentes rememora que en 1962 conoció a Tomás Eloy Martínez,
quien buscó -y encontró- en la novela la realidad de lo que la historia ha
olvidado. “Y puesto que la historia ha sido lo que ha sido, la literatura nos
ofrece lo que la historia no siempre ha sido y a veces, lo que nunca ha dicho”.
Tomás
Eloy Martínez, autor de La novela de
Perón, Purgatorio, Santa Evita, El vuelo de la reina y Cantor de tangos, fue además uno de los autores contemporáneos
latinoamericanos más leído y traducido en el mundo. En el New York Times dejaría para la posteridad su último artículo,
dedicado a México, titulado Los desafíos de la
cultura 'narco', en el que, sin ambajes sostiene que para acabar con los Al Capone, es
urgente legalizar las drogas para arruinar sus negocios. Tomo de dicho
artículo, la parte medular:
“… Cada
golpe al narcotráfico es devuelto con otro golpe aún mayor. Es lo que le ha
ocurrido al presidente Álvaro Uribe en Colombia y ahora al presidente Felipe
Calderón en México. Mientras tanto se destruyen personas, familias, pueblos,
culturas. Cada día se hace más evidente que la guerra no es la solución al
problema y que la única vía posible es enfrentarlo desde la raíz, es decir,
desde la despenalización del consumo.
Las
inteligencias más lúcidas del continente insisten en que es imperioso llegar a
un acuerdo de cooperación entre traficantes y consumidores. Cuando se rompan
esos pactos siniestros de silencio y dinero, y los expendios de droga salgan a
la luz del día, como el alcohol después de la Ley Seca, quizás hasta los
propios traficantes descubran las ventajas de trabajar dentro de la ley.
La
despenalización avanza. España, que trata la drogadicción como un problema de
salud, fue el primer país europeo en despenalizar el consumo de marihuana. La
posesión para uso personal no es delito, aunque el consumo público está
castigado con multas administrativas y su legislación contra el tráfico está
entre las más severas de Europa.
Hace
pocas semanas, y a contracorriente de una costumbre avalada por el ex
presidente George W. Bush, la Administración de Barack Obama estableció que los
fiscales federales no gastaran sus recursos en arrestar a personas que usan o
suministran marihuana con fines medicinales.
Quizás
el caso más conocido sea el de Holanda, donde en rigor es delito el consumo de
cualquier sustancia prohibida. Sólo hay cierta consideración para el acceso a
la marihuana en los llamados coffee shops, lugares reservados para la
compra y consumo de menos de cinco gramos diarios.
En
Argentina un fallo de la Corte Suprema de Justicia estableció que el consumo
personal de marihuana no es un delito y también ha concentrado en un solo
juzgado federal todo lo relacionado con el paco, un veneno barato que
arrasa los círculos más pobres de la población.
¿Es la
despenalización la cura de todos los males? El lenguaje de las armas demostró
su fracaso y la historia ya escribió su ejemplo más contundente cuando en los
Estados Unidos se prohibió el consumo de alcohol durante los 13 años que duró
la Ley Seca.
La
prohibición que comenzó el 17 de enero de 1920, lejos de hacer desaparecer el
vicio, provocó la creación de un mercado negro del que surgieron todos los Al
Capone, los Baby Face Nelson, los falsos héroes como Bonnie & Clyde y una
legión de padrinos que sembraron el terror a sangre y fuego. Como era casi
previsible, muy pronto la corrupción se apoderó de las conciencias policiales.
De los
agentes encargados de velar por la prohibición, un 35% terminaron con sumarios
abiertos por contrabando o complicidad con la mafia y, como era previsible, muy
pronto aparecieron las estadísticas nefastas: 30.000 muertos y 100.000 personas
resultaron víctimas de ceguera, parálisis y otras complicaciones por
envenenamientos con el alcohol metílico y otros adulterantes, a los que
recurrían los bebedores desesperados.
En
1933, cuando Franklin D. Roosevelt derogó la Ley Seca, el crimen violento
descendió dos tercios. En Estados Unidos no se acabaron los borrachos, pero
desaparecieron los Al Capone.
El arma
más efectiva contra los jefes del narcotráfico es arruinarles el negocio. Y la
única vía posible para hundirlos es legalizando el consumo. No se trata de
alentar el consumo, sino de controlarlo mejor, invirtiendo en campañas
efectivas de salud pública”.
¿Qué
gobernante mexicano será capaz de echarse semejante trompo a la uña y seguir el
consejo del ilustre Tomás Eloy Martínez?
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