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¿Quién pondrá fin a los Al Capone? PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Editorial AMN   
jueves, 04 de febrero de 2010

 

  • "Cada golpe al narcotráfico es devuelto con otro golpe aún mayor. Es lo que le ha ocurrido al presidente Álvaro Uribe en Colombia y ahora al presidente Felipe Calderón en México. Mientras tanto se destruyen personas, familias, pueblos, culturas". Dice en su último artículo el fallecido periodista argentino Tomás Eloy Martínez.


  • Por: Alberto Vieyra Gómez

     

AMN.-¿Fracaso total del lenguaje de las armas en el combate al narco crimen? ¿Por qué si durante el 2009 se registraron en el país más de 7 mil narco ejecuciones, el régimen del “haiga sido como haiga sido” sigue terco y empeñado en vencer a ese poderoso y letal virus que ha desprestigiado solamente al ejército mexicano? ¿Qué tanto tiempo más la institución castrense aguanta en las calles, a sabiendas de que el deterioro en su imagen es cada vez más patético? ¿Estará el ejército en las calles realmente para combatir al narco, o solamente para acallar la protesta pública, en el año en que se cumplen los siglos y los ciclos históricos de los dos movimientos sociales que cambiaron la historia mexicana: la guerra de Independencia y la Revolución Mexicana?

 

¿Después del 2010 regresará la tropa a sus cuarteles, a sabiendas de que ha sido facciosamente usada en labores de policía que no le confiere la Constitución de la República, y de ella se abusó en una absurda e hipócrita guerra, hasta ahora perdida? ¿Tiene sentido seguir en una lucha contra las drogas y el narcotráfico que impregna buena parte de la literatura, sobre todo en México y Colombia, donde la cultura narco se ha infiltrado en todos los aspectos de la vida? ¿Será mejor que el gobierno pacte con ese virus, para evitar mayores tragedias, como la de ciudad Juárez del pasado fin de semana, donde sin deberla ni temerla, un grupo de sicarios abrió fuego contra decenas de jóvenes, de los cuales murieron 16, sin que haya poder humano ni divino que de con los responsables?

 

Lo de Juárez es solo parte de esa escalada de venganzas infinitas. Sabido es que la traición, se castiga con acciones mafiosas que dejan huella. Esos crímenes dan como resultado más muertes. Una cadena de nunca acabar.

 

Justo con la tragedia de Juárez, en Argentina, el pasado 31 de enero moría una de sus grandes leyendas del periodismo, el cronista y novelista más lucido del último siglo, Tomás Eloy Martínez, catalogado como el gran retratista de América Latina, o como dijera el mexicano Carlos Fuentes: “El escribidor de un país latinoamericano autoengañado, que se imaginó europeo, racional, civilizado, y un día amaneció sin ilusiones, tan latinoamericano como México o Venezuela”.

 

En un artículo publicado por el diario español El País, el martes 2 de febrero, el escritor Carlos Fuentes rememora que en 1962 conoció a Tomás Eloy Martínez, quien buscó -y encontró- en la novela la realidad de lo que la historia ha olvidado. “Y puesto que la historia ha sido lo que ha sido, la literatura nos ofrece lo que la historia no siempre ha sido y a veces, lo que nunca ha dicho”.

 

Tomás Eloy Martínez, autor de La novela de Perón, Purgatorio, Santa Evita, El vuelo de la reina y Cantor de tangos, fue además uno de los autores contemporáneos latinoamericanos más leído y traducido en el mundo. En el New York Times dejaría para la posteridad su último artículo, dedicado a México, titulado Los desafíos de la cultura 'narco', en el que, sin ambajes sostiene que para acabar con los Al Capone, es urgente legalizar las drogas para arruinar sus negocios. Tomo de dicho artículo, la parte medular:

 

“… Cada golpe al narcotráfico es devuelto con otro golpe aún mayor. Es lo que le ha ocurrido al presidente Álvaro Uribe en Colombia y ahora al presidente Felipe Calderón en México. Mientras tanto se destruyen personas, familias, pueblos, culturas. Cada día se hace más evidente que la guerra no es la solución al problema y que la única vía posible es enfrentarlo desde la raíz, es decir, desde la despenalización del consumo.

 

Las inteligencias más lúcidas del continente insisten en que es imperioso llegar a un acuerdo de cooperación entre traficantes y consumidores. Cuando se rompan esos pactos siniestros de silencio y dinero, y los expendios de droga salgan a la luz del día, como el alcohol después de la Ley Seca, quizás hasta los propios traficantes descubran las ventajas de trabajar dentro de la ley.

 

La despenalización avanza. España, que trata la drogadicción como un problema de salud, fue el primer país europeo en despenalizar el consumo de marihuana. La posesión para uso personal no es delito, aunque el consumo público está castigado con multas administrativas y su legislación contra el tráfico está entre las más severas de Europa.

 

Hace pocas semanas, y a contracorriente de una costumbre avalada por el ex presidente George W. Bush, la Administración de Barack Obama estableció que los fiscales federales no gastaran sus recursos en arrestar a personas que usan o suministran marihuana con fines medicinales.

 

Quizás el caso más conocido sea el de Holanda, donde en rigor es delito el consumo de cualquier sustancia prohibida. Sólo hay cierta consideración para el acceso a la marihuana en los llamados coffee shops, lugares reservados para la compra y consumo de menos de cinco gramos diarios.

 

En Argentina un fallo de la Corte Suprema de Justicia estableció que el consumo personal de marihuana no es un delito y también ha concentrado en un solo juzgado federal todo lo relacionado con el paco, un veneno barato que arrasa los círculos más pobres de la población.

 

¿Es la despenalización la cura de todos los males? El lenguaje de las armas demostró su fracaso y la historia ya escribió su ejemplo más contundente cuando en los Estados Unidos se prohibió el consumo de alcohol durante los 13 años que duró la Ley Seca.

 

La prohibición que comenzó el 17 de enero de 1920, lejos de hacer desaparecer el vicio, provocó la creación de un mercado negro del que surgieron todos los Al Capone, los Baby Face Nelson, los falsos héroes como Bonnie & Clyde y una legión de padrinos que sembraron el terror a sangre y fuego. Como era casi previsible, muy pronto la corrupción se apoderó de las conciencias policiales.

 

De los agentes encargados de velar por la prohibición, un 35% terminaron con sumarios abiertos por contrabando o complicidad con la mafia y, como era previsible, muy pronto aparecieron las estadísticas nefastas: 30.000 muertos y 100.000 personas resultaron víctimas de ceguera, parálisis y otras complicaciones por envenenamientos con el alcohol metílico y otros adulterantes, a los que recurrían los bebedores desesperados.

 

En 1933, cuando Franklin D. Roosevelt derogó la Ley Seca, el crimen violento descendió dos tercios. En Estados Unidos no se acabaron los borrachos, pero desaparecieron los Al Capone.

 

El arma más efectiva contra los jefes del narcotráfico es arruinarles el negocio. Y la única vía posible para hundirlos es legalizando el consumo. No se trata de alentar el consumo, sino de controlarlo mejor, invirtiendo en campañas efectivas de salud pública”.

 

¿Qué gobernante mexicano será capaz de echarse semejante trompo a la uña y seguir el consejo del ilustre Tomás Eloy Martínez?

 

 
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