De Juana Gallo, a La Rielera

  • Juana Gallo, recorría los cuarteles, buscando procurarse comida y tragos, y murió empobrecida y sola, en un cuarto humilde alumbrado por una veladora. Pero ésta pudiera no ser más que una mujer que adoptó el nombre de la revolucionaria y que se fue transformando en la leyenda.
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  • Por: Alberto Vieyra Gómez

 

A: Ingrid Sánchez Vieyra, la nieta adorada y la arquitecta que México espera

 

AMN.- “No sé qué tienen mis ojos, que puros cabrones veo”, era el grito de batalla, de Juana Gallo, cada vez que irrumpía en una cantina zacatecana, para vender sus huevos cocidos, sus tacos de canasta de papa, frijoles, queso, chile rojo, guisados con manteca y sus relojes, gorditas grandes rellenas de chorizo con huevo.

Ángela Ramos, o Juana Gallo, fue tan popular como Adelita entre la tropa, y también fue revolucionaria. Regularmente vestía blusa negra, rebozo, lente oscuro, falda gris, medias de popotillo, sin faltar su sombrero de paja ala ancha y su taco de billar, acompañada siempre de Jazmín, su leal perro, con el que recorría las históricas y empedradas calles zacatecanas.

La aguerrida valentía de Juana Gallo creció cuando, en 1915, el general Benjamín Hill –integrante del grupo Sonora- generó la indignación popular al clausurar las iglesias zacatecanas, ahí Juana Gallo le inferiría al afamado general una derrota moral que le originaría una fuerte rechifla popular, cuando Juana Gallo le espetó frente a frente: "Agradece al chaparrito -el vicario Jesús Flores que calmó los ánimos populares-, que si no... ya podrías saber lo que vale Zacatecas".

En el caso de Juana Gallo, no puede hablarse de hazañas con el 30-30 en la mano, porque solamente se levantó con una cuadrilla de mujeres durante la revolución y sus armas eran palos y piedras, para defender la religión Católica. Sí, era mocha, y defendía férreamente sus convicciones religiosas.

En Juana Gallo, encontramos esa dualidad indisoluble de mujer recalcitrantemente católica, humilde en el momento de la oración y profundamente bravucona a la hora de defender las causas de la Iglesia. En ella se daba esa personalidad difícil de separar; era una mujer tan mujer como sus enaguas, tan pacifista como su permanente invocación a Dios, pero tan brava que siempre respondía a los insultos que le inferían a la Iglesia o a ella misma.

La proverbial fama de Juana Gallo, nacida en Zacatecas en 1876, tiene mucho de verdad en los escritos de José Enciso, Juan N. Carlos, Buenaventura Ríos, Francisco Esparza, o en los dibujos de Alfonso López Monreal, pero tiene mucho de mito a partir de la poderosa difusión que dio a su nombre María Félix, La Doña, quien la popularizó en su película Juana Gallo y su canción a mediados del siglo XX. En esa cinta vimos a Juana Gallo, llena de gallardía, convertida en ícono revolucionario y emblema de mujeres aguerridas.

Pero, la anécdota cuenta que el periodista Ignacio Belmont, en Ciudad Juárez, una mujer envejecida, de nombre María Soledad Ruiz Pérez, le aseguró ser Juana Gallo, e incluso, le aseguró que en una reunión en la residencia presidencial de Los Pinos, le reclamó a María Félix: "Usted hizo una cosa muy sucia, yo no tomaba ni una gota de licor ni bailaba con los soldados. Yo era una generala, señora". Pero al parecer Doña María Soledad sólo fue una soldadera y no fue la verdadera Juana Gallo.

Juana Gallo obtuvo un rostro hermoso gracias al cine mexicano y a la soberbia de María Félix, que estaba en búsqueda de papeles que reafirmaran el cliché que terminó en volverse. Según la versión popular que se recoge en el libro, Juana Gallo se llamaba Ángela Ramos, el mote se lo puso el cura, Eugenio Narváez, sacerdote de la parroquia de Jesús, durante su enseñanza básica, por su carácter pendenciero.

Juana Gallo, recorría los cuarteles, buscando procurarse comida y tragos, y murió empobrecida y sola, en un cuarto humilde alumbrado por una veladora. Pero ésta pudiera no ser más que una mujer que adoptó el nombre de la revolucionaria y que se fue transformando en la leyenda.

Y como olvidar La Rielera, que también inspiró otra hermosa canción revolucionaria, entonada por la tropa casi siempre que partían los trenes a una nueva cita con el destino.

Por lo que se refiere a otra famosa soldadera -que dio origen a la canción revolucionaria “ La Coronela”-, según John Reed, se trata de la coronela Ramona Flores, que fue jefa del alto mando del general constitucionalista Carrasco. Esta mujer pelirroja, alta, bien formada, anduvo un tiempo muy cerca del general Obregón, en Sonora.

La presunta coronela, enviudó joven, pues su marido, que era oficial del Ejército Federal murió en combate, dejándole una mina de oro, con cuyas ganancias reclutó un ejército y se lanzó “a la bola”.

La cucaracha, fue otra de las canciones que llegó a ser símbolo revolucionario. Se trataba de una parodia al ejército huertista y al propio usurpador, aunque no faltan las leyendas que aseguran que fue compuesta en honor a una revolucionaria que un día andaba con el coronel y al otro día, se le veía en brazos de otro jefe militar.

El caso es que aquel ejército de la División del Norte, que abrazó las armas con el corazón, a sabiendas que el ejército federal estaba derrotado de antemano, hizo la revolución cantando.

La cucaracha... la cucaracha/ ya no puede caminar,/ porque no tiene, porque le falta,/ mariguana que fumar.../ Ya murió la cucaracha,/ ya la llevan a enterrar,/ entre cuatro zopilotes,/ y un ratón de sacristán../ Ahora sí borracho Huerta/ Harás las patas más chuecas,/ Al saber que Pancho Villa/ Ha tomado Zacatecas.

Una singular melodía de la Revolución, que volvía loco a Francisco Villa y era su pieza predilecta para bailar, era Las tres pelonas, cuyo autor, el michoacano Isaac Calderón, sería fusilado por soldados villistas, durante los combates de Celaya en 1915.

Cuando se enteraron que Isaac Calderón había compuesto el tema con el que Pancho Villa abría los bailes, y que con sólo levantar la mano con sus tres dedos extendidos, le estaba diciendo a la orquesta, que había que comenzar con Las tres pelonas.

En 1893, Isaac Calderón compuso la danza de La tres pelonas, una pieza dedicada a sus hijas Leonor, Ángela y María, quienes habían sufrido las consecuencias de la terrible epidemia del tifus, que asoló a México, entre los años de 1892 y 1895, y que como se acostumbraba entonces, durante la enfermedad habían sido rapadas, lo cual causó la hilaridad del padre, quien al verlas en compañía de la madre, en un balcón de su casa, esa melodía, dedicada a sus tres peloncitas, y que años más tarde se convertiría en la melodía revolucionaria preferida de Pancho Villa. Las tres pelonas, sería arreglada por un autor anónimo como parodia, y cada quien la cantaba para su cada cual.

Estaban las tres pelonas sentadas en una silla/ Y una a otra decían: Que viva Francisco Villa!/ Estaban las tres pelonas sentadas en un sillón/ Y una a otra decían: Que viva Alvaro Obregón!/ Estaban las tres pelonas sentadas en una esquina/ Y una a otra decían: Que viva Tomás Urbina!/ Estaban las tres pelonas sentadas en un sofá/ Y la gorda y la flaca y la guaje de Soledad./ Estaban las tres pelonas sentadas en un balcón/ Y la flaca y la gorda y la mula de Concepción.
Estaban las tres pelonas debajo de unos balcones/ Gritando: Viva Carranza, padre de los federales!/ Estaban las tres pelonas sentadas en su ventana/ Esperando a Pancho Villa pa' que les diera una hermana.

Pero México, les debe el homenaje a las “Adelitas de la Revolución”. En nuestro próximo DE PE A PA, las anónimas heroínas de la Revolución Mexicana.

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Martes, 16 Noviembre 2010
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