Las tiendas de raya y las Haciendas en México

  • Desde las primeras insurrecciones obreras y campesinas de la revolución promovida por el Partido Liberal Mexicano, el saqueo y la destrucción de la tienda de raya era obligatorio. Al generalizarse la lucha armada, el odio acumulado tras años de explotación se dirigía, principalmente, a las tiendas de raya y sus administradores.
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  • Por: Alberto Vieyra Gómez

AMN.- Al estallar la Revolución Mexicana de 1910, había tan sólo en el Estado de México 985 tiendas de raya. Es decir, que había a lo largo de los casi 22 mil kilómetros cuadrados del territorio mexiquense, 418 haciendas y 567 ranchos. Tan sólo en el Partido de Toluca –eran partidos, no municipios-, había 97 haciendas y 26 ranchos.

Las haciendas, en tiempos de la Colonia, sirvieron como la gran organización feudal, que permitía el control político y social al virreinato y finalmente, al porfiriato.

¿Cómo funcionaban las tiendas de raya? Muy fácil: Las tiendas de raya en México tuvieron auge a finales del siglo XIX y principios de XX durante el gobierno de Porfirio Díaz, quien dio amplias concesiones a empresarios y hacendados, nacionales y extranjeros, para explotarlos recursos naturales.

La Tienda de raya era un establecimiento de crédito para el abasto básico, ubicada junto a las fábricas  o haciendas y donde los obreros o campesinos eran obligados a realizar sus compras. Se conocieron como tiendas de raya, pues la gran mayoría de los trabajadores era analfabeta y en el libro de registro de pago de nómina ponían una raya en lugar de su firma.

Las tiendas de raya eran propiedad de los patrones y ahí expendían comestibles, licores, pulque y ropa para dama y caballero de muy baja calidad, huaraches, sombreros, entre otros. El pago semanal de la raya a los trabajadores se hacía mediante vales que sólo se podían canjear en la tienda de raya del patrón –como hoy ocurre en la odiada trasnacional Wal Mart, cuyos trabajadores no pueden cambiar sus vales, más que en la tienda de raya-, quien recuperaba todo el dinero erogado en pagar los sueldos, ya que por lo general revendía los productos a precios de oro.

Cuando al trabajador, que recibía salarios muy bajos por exhaustivas jornadas –tres reales, al estallar la Guerra de Independencia y 13 centavos durante la Revolución Mexicana-, no le alcanzaba para pagar los productos que permitieran su subsistencia y la de su familia, se veía obligado a comprar a crédito con un alto interésy así adquiría una deuda impagable que lo esclavizaba ante los ricos hacendados, y si en vida no pagaba esa deuda, era heredada a su descendencia o a otros familiares.

Los trabajadores vivían bajo un régimen de esclavitud disfrazada, pues si querían cambiar de trabajo, primero debína liquidar en su totalidad la deuda. Si llegaban a escapar, eran perseguidos por la policía rural para llevarlos de regreso y siguieran purgando, digo, pagando su deuda.

Otra característica de las tiendas de raya, era que los patrones embriagaran a sus trabajadores. Solían invitarles la primera, y las que seguían, se las anotaban a su cuenta, pero ya cuetes les anotaban el doble o triple. Otro abuso común de los patrones era engañar vilmente a los jornaleros, pagándoles menos y cobrándoles más. Abusaban a más no poder del analfabetismo de estos.

Un dato curioso es que la mayoría de las tiendas de raya, tenían sus cajas fuertes en entierritos o dobles paredes. Era práctica común que los ricos hacendados enterraran el dinero o lo empedraran, para protegerlo de los bandidos que siempre merodeaban y a muchas haciendas las mantenían a raya.

Desde las primeras insurrecciones obreras y campesinas de la revolución promovida por el Partido Liberal Mexicano, el saqueo y la destrucción de la tienda de raya era obligatorio. Al generalizarse la lucha armada, el odio acumulado tras años de explotación se dirigía, principalmente, a las tiendas de raya y sus administradores. El saqueo no se hizo esperar.

Sería hasta 1915, cuando Venustiano Carranza Garza, daría cristiana sepultura a esos infames centros de explotación obrera y campesina, mediante la promulgación de la ley agraria en Veracruz, el 6 de enero de ese año. Los puntos torales de dicha ley, eran la repartición de tierras y la expropiación de haciendas. Poco antes, también Francisco Villa, había abolido las tiendas de raya, mediante la promulgación de otra ley agraria.

Los hacendados y sus capataces vestían elegantes trajes de charro con adornos y botonaduras de metales preciosos. Lucían sus mejores galas en las grandes ocasiones. Solían ser buenos jaripeistas, lazadores y coleadores. Eran adoradores de las peleas de gallos y por lo común en las extensas campiñas dejaban de ser petrimetres distinguidos y perfumados, para convertirse en hombres violentos y de inextinguibles pasiones.

Y como en esos tiempos existía el derecho de pernada, no pocos estudiosos han documentado que los hacendados y caporales, durante sus recorridos patronales, sembraban los campos de güeros, entre lo mejor y más joven de su peonada femenina.

En una especie de memorial, con anuncios pagados que se editó en Toluca, con motivo de la llegada feliz del siglo XX, se describen las haciendas del Estado con una retórica muy abundante en adjetivos, pero que por desgracia entraña muy poca información objetiva. Desde luego que los magnates de aquella época, pagaron para que se les exhibiera de “cultos”, “magnánimos”, “píos”, “filántropos” y hasta de “patriotas”.

Por ejemplo, del dueño de la hacienda más importante en Edomex, La Gavia, don Antonio Riba y Echeverría, se decía que era “una persona muy conocida en México, y digna de la estimación social de que goza por las relevantes cualidades que posee”.

Entre los principales hacendados del Valle de Toluca, figuraban: Antonio Barbosa, dueño de Atenco y otras haciendas, famoso por sus toros de lidia: y sin faltar aquel Príncipe de Gales para pobres, Ignacio de la Torre y Mier, dueño de San Nicolás Peralta, una hacienda lacustre de enorme extensión y hermosos parajes, que el yerno de Porfirio Díaz supo acondicionar, para que le sirviera de lugar de recreo. Ignacio de la Torre, se casó con Amada, la hija mayor de don Porfirio y adquirió mucha fama, después de 1915, cuando fue sacado de la cárcel por mediación de Emiliano Zapata Salazar, acusado de hambreador en el estado de Morelos, donde también tenía varias haciendas.

En San Nicolás Peralta, De la Torre y Mier, realizaba permanentes fiestas carnavalescas en las que había corridas de toros, peleas de gallos, etc., y a las que invariablemente concurría el general Díaz y el entonces gobernador del Edomex, general José Vicente Villada. Victoriano, se le dio en llamar al yerno de don Porfirio, pues decían que los lagartijos de la capital de la República solían copiarle sus moditos de vestir a la europea y porque, como todo buen príncipe consorte, tenía que ser guapo por necesidad.

Pero de las tiendas de raya, ya no queda ni el rastro, si acaso en el pintoresco municipio de Otumba, al oriente del estado de México, existe una tienda del siglo XIX, similar a las tiendas de raya de la época porfirista, que es exhibida en el Centro Regional de Cultura de Otumba, con sede en una vivienda de dicha época y que hace 25 años fue convertida en museo. El inmueble histórico, incluye pulquería, peluquería, panadería y talleres de elaboración de pastas, refrescos, jabón y vino importado de España. ¡Es una chulada!

La tienda de raya-museo no se preserva en el casco de una hacienda o rancho. Se hizo en el seno de una tienda llamada El Portal del Fénix. No era una tienda de raya, sino una tienda antigua donde se podía comprar desde un alfiler hasta la herramienta más sofisticada que traían de Europa. Era la tienda más importante de Otumba.

La también llamada “tienda grande”, localizada en el número 17 de la plaza de la Constitución, en el centro de Otumba, conserva un mostrador de una sola pieza de 11 metros de largo, aunque la mayoría de objetos exhibidos en la misma no son originales, sino réplicas.

El inmueble, de gran valor arquitectónico, perteneció a la familia Carrasco y alberga el museo Gonzalo Carrasco -pintor de arte sacro de finales del siglo XIX y principios del XX-. Los Carrasco, era una familia descendiente de españoles, es decir, criollos ricachones, y lo dice todo, el inmueble convertido en tienda de raya.

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