Sociedad
Chile: El original y la copia
| Chile: El original y la copia |
|
|
|
| Sociedad - Sociedad | |
| Escrito por Editorial AMN | |
| sábado, 23 de enero de 2010 | |
|
AMN.- Para la Concertación el triunfo de la derecha (en
realidad, de su variante más virulenta: la pinochetista) en las elecciones
presidenciales chilenas podría considerarse como un ejemplo más de una “crónica
de una muerte anunciada.” La progresiva asimilación del legado ideológico de la
dictadura militar por los principales cuadros de la alianza
democristiana-socialista hizo que la diferenciación entre la Concertación y los
herederos políticos del régimen militar: Renovación Nacional (su ala
“moderada”, si es que un “pinochetismo moderado” puede ser otra cosa que un
oxímoron) y la Unión Demócrata Independiente, sus batallones más cavernícolas, fuera
desvaneciéndose hasta tornarse imperceptibles para el electorado. Fernando
Henrique Cardoso -mejor sociólogo que presidente- gustaba repetir a sus alumnos
que “a la larga, los pueblos siempre van a preferir el original a la copia.” Y
tenía razón. En este caso, el original era el pinochetismo y su heredero:
Sebastián Piñera; la Concertación y su inverosímil candidato, la copia.
¿Constituye esto una injusta exageración? Para nada. Oigamos lo que decía
Alejandro Foxley, quien entre 1990 y 1994 se desempeñó como Ministro de
Hacienda del gobierno de Patricio Aylwin, ni bien inaugurada la “transición
democrática”. En ese cargo Foxley se esmeró en preservar y profundizar el rumbo
económico impreso por la dictadura. Senador por la Democracia Cristiana entre 1998
y 2006 y Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Michelle Bachelet
entre el 2006 y el 2009, toda su actuación pública estuvo marcada por una
incondicional sumisión a las orientaciones establecidas por Washington y sus
representantes locales en Chile.
Este altísimo personero de la Concertación declaraba en Mayo de 2000 que
“Pinochet realizó una transformación, sobre todo en la economía chilena, la más
importante que ha habido en este siglo. Tuvo el mérito de anticiparse al
proceso de globalización... Hay que reconocer su capacidad visionaria (para)
abrir la economía al mundo, descentralizar, desregular, etc. Es una
contribución histórica que va perdurar por muchas décadas en Chile... Además,
ha pasado el test de lo que significa hacer historia, pues terminó cambiando el
modo de vida de todos los chilenos para bien, no para mal. Eso es lo que yo
creo, y eso sitúa a Pinochet en la historia de Chile en un alto lugar” [1]. ¡Pinochet visionario, Pinochet creador del Chile
moderno, Pinochet cambiando a Chile, para bien! Los horrores del pinochetismo
con su secuela de miles de muertos, desaparecidos, torturados, asesinados, las
libertades conculcadas, el terrorismo de Estado y la violación sistemática de
los derechos humanos: todo es mañosamente invisibilizado en la sofistería del
tecnócrata “progresista”.
Con dirigencias que sostenían un discurso como éste (que muchos compartían
si bien pocos se atrevían a manifestar con tanto descaro) y con políticos que,
en muchos casos, fueron abiertamente golpistas y facilitadores del zarpazo que
perpetraría Pinochet en 1973 (cosa que algunos parecen haber olvidado), ¿podía
la Concertación ser creíble como una alternativa superadora del pinochetismo?
En realidad, lo que habría que encontrar es la razón por la cual la ciudadanía
chilena no se decidió mucho antes a sustituir la copia por el original.
Pero la continuidad entre el pinochetismo y sus sucesores “democráticos” no
se verifica sólo en la admiración, abierta o vergonzante, por la obra y el
legado histórico de Pinochet. También se demuestra en las políticas económicas
“pro mercado” y “pro inversión” (y, por lo tanto, “antijusticia y antiequidad”)
implementadas por la Concertación a lo largo de dos décadas y en el
supersticioso respeto por la Constitución de 1980, una obra maestra del
autoritarismo y formidable barrera contra cualquier pretensión seria de
democratizar la vida política chilena. En sus treinta años de vida ese cuerpo
constitucional sólo experimentó reformas marginales, la más importante de las
cuales fue la reducción del mandato presidencial a cuatro años y la
imposibilidad de una inmediata reelección. Pero la camisa de fuerza que
esclerotizó un sistema partidario que en las elecciones del pasado domingo
terminó de morir, el régimen binominal, permaneció incólume al igual que las
escandalosas prerrogativas de unas fuerzas armadas que, aún hoy, distan mucho
de estar supeditadas al poder civil [2]. Esa
Constitución hace que Chile incurra en un exorbitante gasto militar, varias
veces superior, por ejemplo, al de Venezuela, cuya cuantía desvela los sueños
de la Secretaria de Estado Hillary Clinton.
Con el triunfo de Piñera el sistema partidario urdido por el régimen
pinochetista fue herido de muerte. La implosión de la Concertación parece ser
su destino inexorable, y con ello el fin de su espurio bipartidismo. Una parte
importante de la democracia cristiana se acercará al nuevo gobierno mientras
que otro sector procurará encontrar un difícil y poco promisorio camino propio.
No muy diferentes son las perspectivas que enfrenta el socialismo chileno,
escindido entre un sector mayoritario que se adhirió sin reservas al
neoliberalismo y otro, muy minoritario, que aún conserva una cierta fidelidad
al noble legado de Salvador Allende, que debe de estar revolcándose en su tumba
al ver lo que hicieron sus supuestos herederos políticos. El futuro del PS no
parece muy distinto del que tuvo en su momento el Partido Radical chileno,
poderoso en los años treinta y cuarenta para luego languidecer hasta su
completa irrelevancia. Veinte años de gobiernos “progresistas” no fueron
suficientes para consolidar un bloque histórico alternativo, pero lograron
unificar a una derecha que ahora se enseñorea de la vida política del país,
completando exitosamente un tránsito desde el predominio económico-financiero
-fomentado por las políticas económicas de sus predecesores en La Moneda- hacia
la preeminencia política.
La supremacía derechista se verá facilitada por la descomposición del polo
del “centro izquierda” y su atomización en varios partidos, ninguno de los
cuales, al menos hoy, tendría condiciones de desafiar la hegemonía de la
derecha. Queda por ver de qué forma reaccionará el heterogéneo espacio político
que se encolumnó tras la candidatura de Marco Enríquez Ominami, cuyo desempeño
en la primera vuelta electoral barrió con todos los pronósticos alcanzando un
notable 21 por ciento de los votos, principalmente de los jóvenes. Un dato nada
menor que habla con elocuencia de la frustración ciudadana es el desinterés por
la política de los jóvenes: se calcula que unos tres millones y medio de ellos
no se registraron para votar, desalentados por la despolitización que la
Concertación promovía en la gestión de los asuntos públicos. De haberlo hecho,
los resultados del pasado domingo bien podrían haber sido diferentes, pero esto
ya es un ejercicio contrafactual que no viene al caso proseguir aquí. A guisa
de ejemplo: en el rico distrito de Las Condes se registró para votar algo más
del cincuenta por ciento de los jóvenes entre 18 y 19 años. En cambio, en la
comuna obrera de La Pintana sólo 300 de los más de 8.000 jóvenes que allí viven
hicieron lo propio, es decir, poco más del 3 por ciento. En resumen: Chile
tiene un electorado envejecido, cada vez más conservador, con pocos jóvenes
que, además, sobrerepresentan a los sectores más acomodados de la sociedad
chilena [3].
La derrota de la Concertación pone de manifiesto los límites del llamado
“progresismo”, una suerte de tercera vía que habiendo fracasado
estruendosamente en Europa –sobre todo en el Reino Unido y Alemania- procuró,
sin éxito, tener mejor suerte en América Latina. Lo que caracteriza a los
gobiernos de ese signo político es su incondicional sometimiento a las fuerzas
del mercado y la debilidad de su vocación reformista, carente de la osadía
necesaria para traspasar las fronteras trazadas por el capitalismo neoliberal.
Una de las claves para entender las desventuras electorales del centro
izquierda en esta parte del mundo la ofrece la dispar fortuna que la separa de
los gobiernos que emprendieron con decisión el camino de las reformas
-sociales, económicas e institucionales- como Venezuela, Bolivia y Ecuador.
Mientras que éstos parecen ser máquinas imparables de ganar elecciones por
cifras abrumadoras, en Chile el progresismo ha sido derrotado al paso que en la
Argentina y Brasil se enfrenta a la eventualidad de ser desalojado del poder en
los próximos recambios presidenciales. Conclusión: si un gobierno quiere ser
ratificado en las urnas el camino más seguro es avanzar sin dilaciones ni
titubeos por el camino de las reformas y, de ese modo, cristalizar una base
social de apoyo popular que le permita triunfar en las contiendas electorales.
Quienes no estén dispuestos a seguir este curso de acción pavimentan con su
claudicación el camino para la restauración de la derecha.
Una última consideración: la derrota de la Concertación gravitará y mucho
en el escenario sudamericano. Las cosas se pondrán más difíciles para los
gobiernos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba; la ampliación del MERCOSUR con
la plena incorporación de Venezuela sufrirá renovados tropiezos, si bien no de
manera directa puesto que Chile no es miembro pleno de ese acuerdo; y con el
triunfo de Piñera el bloque derechista controla, con la honrosa excepción del
Ecuador, todo el flanco del Pacífico latinoamericano. Además, el “efecto
demostración” del desenlace electoral chileno podría llegar a ejercer un cierto
(y negativo) influjo sobre las elecciones presidenciales de octubre de 2010 en
Brasil y las que tendrán lugar el año siguiente en Argentina, en ambos casos
dando pábulos a los candidatos de la derecha.
Por otra parte, la belicista contraofensiva imperial de Estados Unidos
(Cuarta Flota, bases militares en Colombia, golpe en Honduras, reconocimiento
de las fraudulentas elecciones de ese país, etcétera) contará a partir de marzo
con un nuevo aliado, liberado de cualquier compromiso, aunque sea retórico, con
el proyecto emancipatorio latinoamericano. Hay que recordar que aún bajo los
gobiernos “progres” de la Concertación el papel que éstos desempeñaron fue
siempre el de un operador privilegiado de Washington en América del Sur . En la
Cumbre de Mar del Plata que culminó con el naufragio del ALCA las voces
cantantes a favor de ese acuerdo fueron las de Ricardo Lagos y Vicente Fox,
bajo la complacida mirada de George W. Bush. Ahora esa tendencia “aislacionista”
-y, en el fondo, antilatinoamericana- se acentuará aún más, revirtiendo una
profunda vocación latinoamericana que Chile supo tener y que bajo la
presidencia de Salvador Allende llegó a su apogeo. Pero ese país ha cambiado,
“para bien” como lo recordaba el ex Canciller de la Concertación y hoy es el
verdadero campeón del neoliberalismo, título ganado entre otras cosas mediante
la firma de tratados bilaterales de libre comercio que regulan sus relaciones
económicas con más de 70 países.
Desde la época de la dictadura militar el desdén de La Moneda por América
Latina ha sido proverbial y continúa hasta el día de hoy. Una muestra rotunda
de este desinterés la brinda el hecho de que Chile prefiere importar petróleo
desde Nigeria antes que hacerlo desde Venezuela o llegar a un acuerdo con
Bolivia. Hace apenas un par de días Sebastián Edwards, uno de los publicistas
del neoliberalismo latinoamericano y seguramente futuro consultor del nuevo
gobierno, ratificaba la vigencia de la doctrina pinochetista diciendo que
“económicamente nuestro futuro está en el mundo y no en América Latina. Debemos
dejar de compararnos con nuestros vecinos. América Latina es nuestra geografía;
nuestras aspiraciones deben ser llegar a ser como los países de la OCDE” [4]. Por eso los necesarios procesos de integración
supranacional actualmente en marcha en América Latina -desde el MERCOSUR hasta
la UNASUR, pasando por el Banco del Sur y otras iniciativas semejantes que el
imperio invariablemente se ha esmerado en postergar o desbaratar- no habrán de
cobrar nuevos bríos con Piñera instalado en La Moneda.
Con Frei las cosas no hubieran sido muy diferentes, pero al menos éste
tenía un vago compromiso con el electorado que en el caso de su contendiente no
existe. Lo que hay detrás de Piñera, en cambio, es la rabiosa gritería de sus
partidarios celebrando la victoria de su candidato con imágenes y bustos de
Pinochet y cánticos exhortando a acabar de una buena vez con los “comunistas”
infiltrados en el gobierno de la Concertación. Nada nuevo bajo el sol. La
década no podía haber comenzado peor. Más que nunca en tiempos como estos
adquiere vigencia, para quienes quieren cambiar un mundo que se ha vuelto
insoportable y no solo insostenible, aquel sabio consejo de Gramsci: “pesimismo
de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.
[1] Cf. Cosas, 5 de
Mayo del 2000. Reproducido en Marcos Roitman Rosenmann, Pensar América
Latina. El Desarrollo de la sociología latinoamericana (Buenos Aires :
CLACSO, 2008)
[2] Sobre el carácter eternamente inconcluso de las transiciones democráticas
en América Latina remitimos al lector a nuestro Aristóteles en Macondo.
Notas sobre el fetichismo democrático en América Latina (Córdoba: Ediciones
Espartaco, 2009)
[3] Ver “El espejismo del voto
voluntario”, que Qué pasa?, http://www.quepasa.cl/articulo/19_1944_9_2.html
En ese mismo reporte se consigna que “los investigadores chilenos Alejandro
Corvalán y Paulo Cox concluyen que la proporción de jóvenes chilenos del
quintil más pobre, entre 18 y 19 años, que se inscribe en los registros
electorales, es la mitad de la que lo hace en el quintil más rico.”
[4] Cf. El Mercurio, Martes 19 de Enero de 2010, p. B-14.
|
|
| Modificado el ( sábado, 23 de enero de 2010 ) | |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|














