La historia de José Inés Chávez García

  • Casi en su totalidad, los pueblos y ciudades donde atacaba Inés Chávez García, fueron reducidos a cenizas. Quemarlos fue una práctica común en sus incursiones. No quedaban exentos, el pasar por las armas o el cuchillo, a los prisioneros o inclusive en los pacíficos pobladores.
  • Por: Miguel Estrada García

AMN.- La zona del bajío zamorano, comprendida por la región noroccidental, del estado de Michoacán; Ixtlan, Jaconá y Tlazazalca, de los años de 1911 a 1938, sufrió durante casi tres décadas, hechos revolucionarios en la que surgieron hombres desagradables, bandoleros y asesinos como Inés Chávez García.

El país aun no se reponía de la guerra llamada de la Intervención Francesa y de la primera guerra cristera de 1874 donde el rescoldo de estas se reflejaba en la falta de alimentos en aquellos sobrevivientes, ahora tenían otro problema: las tropelías de disque nuevos revolucionarios que más bien eran rebeldes–bandoleros, qué se aprovechaban de la situación en que se encontraba en ese momento el país.

Y aquí, es donde Inés Chávez García, “El Atila de Michoacán”, aparece a la cabeza con los no menos sanguinarios que él, Rafael Nares “El Manco Nares”, Jesús Zepeda “El Tejón”, Luis Gutiérrez “El Chivo Encantado” y Jesús Sintora. Su devoción, más que su revolución, la de quemar pueblos, como lo hicieron con Apatzingán, Parácuaro, Paracho, Cotija, San José Gracia y Degollado, agregando desmanes, robos y asesinatos.

Inés Chávez García fue un hombre sin sentimientos, pero su fama era más bien producto de sus virtudes animales y sus vicios de hombre, asentados en ideologías demagógicas que rayaban en ejecuciones masivas, pegaba y huía, luego regresaba y acababa, justificando estas acciones, como acciones de guerra.

José Inés Chávez García nació el 19 de Abril de 1889 en Rancho de Godino, municipio de José Sixto Verduzco (Pastor Ortiz), Michoacán. Fue subalterno del general Anastasio Pantoja, cuya muerte quiso vengar organizando una partida bajo la bandera del villismo.

Para José Inés Chávez García, todo era cuestión de tiempo y lugar. Un día era zapatista, otro Villista o Carrancista y finalmente terminó por ser adorador de Pancho Villa. Decía que nunca peleaba donde no le conviniera, mostrando con esto una habilidad de guerrillero. Cuatroscientos hombres eran los que formaban su columna que aterrorizó a Michoacán, Guanajuato y Jalisco.

Pero no fueron las balas, sino la epidemia conocida como influenza española, la que acabó con su vida, el 11 de Noviembre de 1918, a las 5:30 de la tarde, en el palacio municipal de Purépero, Michoacán. Moría sin que su tropa, ni su estado mayor se dieran cuenta.

Curiosamente, ese día, se firmaban los tratados de Versalles, con los que se ponía fin a la Primera  Guerra Mundial.

Chávez García fue el más feroz de los cabecillas que habían merodeado en la República por esos años, y con su muerte, y la de José Altamirano, su lugarteniente, se dio por concluida la revuelta en Michoacán.

Después los chavistas se reunieron en el pueblo de Cabrío, en donde  el cabecilla le comunicó a su madre el lugar en donde escondió valiosos tesoros consistentes en oro acuñado y alhajas, obtenidos durante su carrera de bandolero, cuestión que motivó que a la postre la anciana fuera asediada por las autoridades para que revelara el lugar donde se encontraba Chávez García, o bien les entregara las joyas y alhajas.

Doña Bartola Chávez, su madre, murió en Puruandiro pidiendo limosna, luego, murieron sus hermanos Enriqueta y Julián Chávez Gracia, quienes vivieron en extremada pobreza, y dicen que a Inés lo enterraron envuelto en un zarape.

La ferocidad de Inés la escondía en su físico, por eso, muchos se equivocaban cuando lo tenían frente a frente. Era chaparro, no gordo ni flaco, más bien robusto, moreno, con manchas de paño en sus mejillas y pese a su mala fama, nunca permitió que sus soldados cometieran ninguna clase de abusos en la población de Purepero, porque ahí cada mes estaba de visita. Como estratega militar, fue el mejor de todos los villistas en Michoacán.

De Inés Chávez Gracia, se podrían contar muchas cosas buenas, pero estas serian hasta la edad de 22 años, cuando las malas compañías lo hicieron cambiar. Inés y 4 hombres más, seguidamente acudían a Caurio, Pozo Viejo y Agua de la Alberca, pero se les veía más por Purepero, donde se hospedaban en un mesón, adonde un día llegó Daniel Magaña Zavala y de pronto, sin conocerse afloró una asombrosa afinidad entre ellos. Sé hicieron amigos y al paso de los días hablaron de la Revolución.

Luego en Zacapu,a fines de abril de 1911, sus amigos decidieron enlistarse en las filas maderistas, la tropa en la se dio de alta estaban al mando del General Gertrudis Sánchez, más tarde, Joaquín Amaro quedó al mando de ellas y a Inés Chávez García le tocó quedar con un importante grado y por supuesto bajo el mando directo de Joaquín Amaro.

Su ejército, que se contó por miles, fue temido en todas las regiones de Michoacán, Jalisco y Guanajuato, por lo encarnizado de sus actos y su total carencia de piedad ante el vencido.

En  los años de 1915 a 1918, Inés Chávez García, respaldado por sus hombres, a los que se les llamaba “Los Leopardos Pintados” o “Los Chavistas”, se le identificó como “El Atila” o “El Azote de Michoacán, Jalisco y Guanajuato”.

Casi en su totalidad, los pueblos y ciudades donde atacaba Inés Chávez García, fueron reducidos a cenizas. Quemarlos fue una práctica común en sus incursiones. No quedaban exentos el pasar por las armas o el cuchillo, a los prisioneros o inclusive en los pacíficos pobladores.

Individuos como José Inés Chávez García, hijos de campesinos, poseían una instrucción elemental de nacimiento –no sabían leer y escribir- y mostraban una personalidad rebelde, posiblemente con el deseo de una mejor condición de vida, que pudo haber representado para ellos una premisa de aspiraciones; y en su mayoría de edad coincidió con los rumores latentes de que una "revolución" llegaba. Su significado apenas comenzaba a esbozarse, sin embargo era la alegoría de los cambios venideros.

Y claro que el pueblo michoacano, supo plasmar con gran sensibilidad en corridos, la ferocidad del llamado Atila o Azote de Michoacán, Jalisco y Guanajuato. Este corrido anónimo, es uno de los tantos que lo perpetuán, cual sanguinario que fue:

 

Viva don Inés y su compañía
que se ha lucido en tanta batalla!
Que con valor les decía:
-¡No le temo a la metralla!

Con fecha día quince de abril
amanecer dieciséis
ha tomado a La Piedad
el general don Inés.
<...>
De Zacapu los sucesos,
escuchen con atención
el sentido de estos versos
que les canto en la ocasión.
<...>
Pueblo Nuevo infortunado
qué triste es tu situación
pues don Inés lo ha quemado
sin tenerle compasión.
<...>
Ni me quisiera acordar,
pero guardo un recuerdito
quemaron a San Antonio
El Molino y al Cerrito.

 

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Miércoles, 29 Septiembre 2010
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