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Política - De Pe a Pa
Escrito por Editorial AMN   
jueves, 02 de octubre de 2008

 

  • El Tlaltelolcazo del 68
  •  
  • La CIA y compañía

Por: Alberto Vieyra Gómez

AMN.- Una de las paginas más negras del México contemporáneo, se escribiría en el Tlaltelolcazo del 2 de octubre de 1968 –previó a la sucesión presidencial y a la realización de la XIX Olimpiada-, cuando a eso de las 17:00 hrs. miles de estudiantes que habían abarrotado la Plaza de las Tres Culturas.

La manifestación degeneró en un tiroteo entre francotiradores, estudiantes, policías y tropa del Ejército. Esa noche fue la noche del terror y la muerte. El parte oficial diría que fueron 22 muertos y 87 heridos, entre ellos varios militares encabezados por el general José Hernández Toledo, misteriosamente herido cuando a sus espaldas solo había soldados.

Los periódicos de aquella época, excepto Excelsior y El Día callaron todo. Pero del dolor cedió  paso a la alegría con los XIX  Juegos Olímpicos que organizaba México –los primeros que ha organizado un país latinoamericano y del tercer mundo- y así, se evito que el Tlaltelolcazo tuviera una dimensión  mundial.

Gustavo del Santísimo Sacramento Díaz Ordaz Bolaños,  presidente de México reconocería en su último informe en 1969 que él era el único responsable de los sucesos de 1968 y que fueron más de 30 y no más de 40 los estudiantes muertos. Sobrevivientes de aquel macabro 2 de octubre sostienen que fueron cuando menos mil muertos. La polémica sobre este trágico suceso se ha extendido durante cuatro décadas y la mayoría se centra en escudriñar quien dio la orden de matar a los estudiantes. Todos “se echan la bolita”. Pero la cosa es muy simple. Si nos atenemos a que en México nada se mueve sin la voluntad suprema del presidente de la República, la conclusión es  que la Constitución de México solo faculta a dos personajes para que bajo sus ordenes pueda actuar el Ejercito Mexicano: el presidente de la República y el secretario de Gobernación, que eran Díaz Ordaz y Luis Echeverria, respectivamente. Para la inmensa mayoría de los mexicanos, ellos son los principales responsables o villanos de aquel episodio. Pero como vimos en nuestra anterior entrega, la CIA norteamericana, el comunismo soviético y cubano también hicieron de las suyas, y sin faltar los grupos oligárquicos políticos que en ese momento se disputaban la silla presidencial.

Por ejemplo, la Federación de Estudiantes Técnicos de México culparía a la CIA norteamericana y al FBI, de causar agitación coordinadamente con algunos lideres estudiantiles que conformaban el Comité de Huelga y Profesores, hecho que años más tarde confirmarían informes secretos de inteligencia norteamericana.

Según testimonios del Pentágono norteamericano –publicados por la revista Proceso, el 28 de septiembre de 1997-, la indisciplina de los generales Luis Gutiérrez Oropeza y Mario Ballesteros Prieto quienes desobedecieron abiertamente al secretario de la defensa nacional, Marcelino García Barragán, provocó la rebelión que culminó con el Tlaltelolcazo, aunque hallazgos informativos recientes revelan que  la operación Galeana, ordenada por Marcelino García Barragán fue el eje de la matanza. Pero de ello le hablare DE PE A PA el viernes.  Otras fuentes aseguran que dichos militares y otros altos mandos castrenses apoyaban al general Alfonso Corona del Rosal, entonces jefe del Departamento del Distrito Federal, pasa suceder a Gustavo Díaz Ordaz en la presidencia de México.

La versión de la inteligencia militar de Estados Unidos, añadía: La influencia extranjera en el Comité de Huelga Estudiantil, fue probablemente un factor menor y que quizá hubo ciudadanos cubanos detenidos en el campo militar numero 1, y que en Washintong, la decisión del presidente Gustavo Díaz Ordaz, de heredar el poder a Luis Echeverria Álvarez se daba por tomada cuando menos cuatro meses antes del destape, el 22 de octubre de 1969. Esto quiere decir primero, que los gringos se curan en salud,  pero que además del  dedazo que en esa época imperaba, había que esperar el visto bueno del Tío Sam.

Un año después, en la Universidad Nicolaita de Morelia, Michoacán, Luis Echeverria Álvarez, ya ungido candidato presidencial, el 24 de noviembre de 1969 fue obligado por los estudiantes a guardar un minuto de silencio en memoria de los caídos en Tlatelolco, hecho que enardeció a los altos mandos castrenses y Díaz Ordaz estuvo a punto de cambiar de caballo, esto es de candidato. Alfonso Martínez Domínguez le recomendó que no era conveniente, porque México entraría en una irreversible desestabilización política.

El antecedente real del movimiento estudiantil de 1968, se remonta 3 años atrás, cuando México obtuvo la sede de los Juegos Olímpicos. Tres personajes: Fernando Gutiérrez Barrios, jefe de Seguridad Nacional, Luis Echeverria, secretario de Gobernación y Gustavo Díaz Ordaz, presidente de México, tuvieron conocimiento de que a nuestro país había llegado un numeroso grupo de terroristas y miembros de la CIA para desestabilizar al país. Entonces, el gobierno infiltró elementos de inteligencia en todos los círculos sociales de México: en el movimiento obrero, campesino y estudiantil, estudiantes encabezados por el guerrerense Pindaro Urióstegi –años después varias veces diputado federal, que tuvo lo que quiso y murió a mediados de 1997-, se infiltraron en los primeros brotes estudiantiles y su actitud fue de provocación, lo que desató los primeros enfrentamientos y luego, la represión a cargo de cuerpos policíacos y el Ejercito, que en julio de 1968 allano  la Autonomía Universitaria. Finalmente, la orden del Ejercito fue: “reprimir a los estudiantes revoltosos” que proferían graves insultos al presidente de la República.

En el conflicto estudiantil y la sucesión presidencial de aquellos años estaba además el pleito entre Javier Barros Sierra, rector de la UNAM y Gustavo Díaz Ordaz, que se odiaban con odio jarocho. Barros Sierra también quería ser presidente de México, así como el propio secretario de la presidencia de la República.

En aquel 1968 hubo movimientos estudiantiles en 52 naciones en el mundo. Había una protesta generalizada contra la opresión y contra todo lo establecido en la sociedad. Se dejó sentir la rebeldía y la desobediencia civil de la chamacada misma que hoy vemos elevada al cubo, en momentos en que estaba en su mero apogeo la revolución cubana que pretendía extenderse a toda la America Latina.

Ernesto El Che Guevara era un héroe de talla continental y la juventud externaba sus emociones con el rock y con el rostro del guerrillero estampada en las playeras negras. Eran los años en que los jóvenes tenían que hacer lo que papá y mamá dijeran. Nada de andar con hippies,  emos, con pantalones acampanados y menos con llegar a la casa después de las 9 o 10 de la noche porque la puerta se cerraba. Eran aquellos años una olla de presión apunto de estallar… y estalló.

Eran los tiempos de los gobiernos militares en America Latina; los tiempos de la corrupción y la represión; los tiempos del gran poder despótico en los que el presidente de la República no tenía ningún contrapeso. Solo sus chicharrones tronaban, eran los tiempos en que ni con el pétalo de  una rosa se podía tocar tres cosas en México: al presidente de la República, a la Virgen de Guadalupe y al Ejercito Mexicano.

Por cierto, al finalizar el siglo XX, el entonces Abad de la Basílica Guillermo Shulemburg cometería la “santa metida de pata” al asegurar que “Juan Diego –hoy santo- y la Virgen de Guadalupe, fueron puro cuento” es decir que ni el indio de Cuautitlan ni la morenita de Tepeyac existieron. Pero esa, esa es otra historia.

El caso es que por aquella herejía todo México se escandalizó y el curita tuvo que pedirle perdón a la Guadalupana y al mismísimo indio Juan Diego, canonizado por Juan Pablo II –el Papa numero 264 en la historia vaticana-, que en el ultimo cuarto de siglo visitó México en 5 ocasiones hasta recuperar Bancomer y otras importantes instituciones financieras de México, hoy en poder del Vaticano.

En suma, allá por 1968 eran los años del gran poder autoritario y del control férreo sobre obreros, la prensa, los periodistas, los campesinos, estudiantes, etc, etc. Eran los años de la gran hegemonía priista. Eran los años del ponzoñoso presidencialismo autoritario y aplastante. Eran los años de la gran apertura hacia el exterior. Eran los años en los que se fraguaba como romperle la columna vertebral al Estado mexicano para evitar que  esa nación que surgía en el patio trasero de la Casa Blanca se convirtiera en una potencia. EU ya lo había advertido: “No toleraremos el surgimiento de otro Japón”. Por ello había que aplastar a México. Eran los años del gran milagro mexicano. Nadie podía hablar ni escribir mal del gobierno, porque corría el riesgo de ser desaparecido.

 
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