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Política - De Pe a Pa
Escrito por Editorial AMN   
miércoles, 25 de junio de 2008

 

 

  • De Madero a Allende

 

  • Las pillerías gringas

 

Por: Alberto Vieyra Gómez

AMN.- La mañana del 15 de septiembre de 1970, Agustín Edwards director del diario chileno El Mercurio e intimo amigo de David Rockefeller, con vinculaciones a la trasnacional Pepsi-Cola y la Agencia Central de Inteligencia Norteamericana, la CIA desayunó en un importante hotel de Washington,DC, con un grupo selecto de pesos pesados de la política estadounidense:  Richard Helms, director de la CIA,  John Mitchell, fiscal general de Estados Unidos, y Donald Kendall, presidente de la Pepsi-Cola quien había convocado de manera urgente al encuentro.

Agustín Edwards había volado apresuradamente de Chile a Estados Unidos,  a solo unos días de las elecciones generales del 4 de septiembre de 1970, en las cuales la Unidad Popular –UP- de Salvador Allende Gossens había ganado la presidencia de la república con una mayoría relativa de los votos, derrotando  con 36.3% de los sufragios al derechista partido nacional y a la democracia cristiana, que solo obtuvieron 34.9% y 27.8% de los votos, a pesar de la millonada de dólares, con los cuales la CIA había corrompido el proceso electoral en Chile.

La CIA mete sus narices en toda elección aquí y en China, pero especialmente donde se busca desestabilizar. Ante tales resultados electorales, los grupos poderosos de gringolandia pegaron el grito en el cielo por el triunfo del socialismo en Chile.  En dicho desayuno,  el director del rotativo El Mercurio expuso sin ambages que era imperiosa la intervención norteamericana, a fin de evitar que Salvador Allende llegara a la presidencia.

Ante la presión e insistencia intervencionista de los representantes de El Mercurio y la Pepsi-Cola, Richard Helms y Mitchell, convencieron ese mismo día al presidente Richard M. Nixon, así como a su asistente de seguridad nacional, Henry Kissinger sobre la urgente necesidad de una reunión impostergable en la Casa Blanca para ese mismo día para “arreglar” de una vez por todas el asunto de Allende.

Nixon ordenó tal reunión para esa misma tarde. Cuando terminó la encerrona entre los funcionarios de la Casa Blanca, esa tarde del 15 de septiembre de 1970, la suerte estaba echada para Salvador Allende. Su sentencia de muerte había sido firmada. Nixon instruyó a la CIA advirtiéndole que el régimen de Allende era “inaceptable para Estados Unidos”, para que la Central de Inteligencia asumiera un papel directo en la Organización de un golpe militar para impedir su llegada al poder.

Toda la operación y logística debía realizarse bajo el control directo de Henry Kissinger, quien posteriormente alcanzaría relevancia como Secretario de Estado norteamericano, especialista en negociaciones secretas de grueso calibre.

Tres largos años tuvieron que esperar los amos del terrorismo mundial norteamericano, Richard M. Nixon y Henry Kissinger, al servicio del capital trasnacional y de los mega empresarios como Edwards y Kendall, hasta que el 11 de septiembre de 1973 cumplieron su sueño de asesinar no solo a Allende sino también a la Unidad Popular chilena.

El derrocamiento de Allende no fue en caliente toda vez que la CIA comunicó a Nixon y a Kissinger que “la acción militar era imposible, e inconveniente debido a la inercia política y constitucionalista de los militares chilenos”.

Mucha información había fluido en estos tres años entre Washintong y Santiago de Chile. En este contexto la Casa Blanca envió al entonces presidente demócrata cristiano en funciones, Eduardo Frei Montalva  el siguiente mensaje a través de su embajador en Santiago, el señor  Korry y el ministro de defensa chileno: “Si Allende llega a la presidencia, Estados Unidos hará todo lo que está adentro de su poder para condenar a Chile y los chilenos a las privaciones y la pobreza más extrema, dentro de una política diseñada para largo tiempo. ¡Cínicos!

Desde antes que Allende asumiera el poder,  la intriga norteamericana iniciaría la destrucción sistemática de la economía chilena, la formación de bandas terroristas paramilitares como Patria y Libertad,  la organización y el financiamiento de la guerra psicológica a través de los medios de comunicación nacionales e internacionales, y la construcción de una fracción fratricida en las Fuerzas Armadas para generar  un clima adverso al nacionalismo que abriera el camino a la matanza que perpetraría el general  “rastrero”, como Allende los calificó el ultimo día de su vida al traidor, a quien por cierto había hecho comandante en jefe del ejercito chileno, el 23 de agosto de 1973. A Allende le paso lo que a Francisco I. Madero, en México, traicionado por el chacal  Victoriano Huerta Marquez, a quien había dado el grado de general en jefe del Ejercito Mexicano.

También los gringos, pero especialmente el presidente  William Taft y el siniestro embajador de EU en territorio azteca, Henry Lan Wilson, se encargarían de derrocar y asesinar al apóstol de la democracia.

Las poderosas razones de la matanza en Chile fueron expresadas secretamente por la CIA en un documento –ya desclasificado por EU-, de septiembre de 1970. En dicho documento se decía que EU “no tiene intereses nacionales ni tales en Chile” (…). La CIA advirtió que el triunfo de Allende tendría considerables costos políticos y psicológicos, en cuanto a que amenazaría la “cohesión hemisférica”,  por las reacciones que generarían otros países y porque sería una derrota “psicológica” para Estados Unidos y un “avance psicológico definitivo para las ideas marxistas en América Latina”.

Una vez que la CIA había comprado a Augusto Pinochet, los preparativos del golpe de Estado se agilizaron. En los mismo documentos desclasificados por el Departamento de Estado Norteamericano, se pueden leer los documentos secretos en los que se decía por ejemplo: “De hoy en seis días, caerán las bombas sobre el Palacio de la Moneda, serán intervenidas las estaciones de radio, televisión y los periódicos, ocupados militarmente los sindicatos, llenado el estadio de Santiago de presos políticos, arrancadas las primeras uñas de las victimas del terror, violadas las mujeres apresadas y desaparecidos los ciudadanos de la patria chilena”.

El vaticinio se cumplió rigurosamente, Estados Unidos y Pinoichet se exhibieron como un Estado gangsteril. La democracia chilena fue ahogada en sangre. Y es que la unidad popular de Chile cometió un pequeño error, cometió un crimen de querer implantar un proyecto histórico de democracia popular y soberanía nacional en el hemisferio occidental, que iba en contra de la implacable doctrina  Monroe de que “América para los americanos”. Así se las gasta el policía con garrote y todavía tiene el cinismo  de revelar las pilladas de esas pandillas de canallas que sirven al capitalismo salvaje.

Este 26 de junio se conmemoran los cien años del natalicio de Salvador Allende. Pero de eso le hablare mañana.

 
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