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“La Conspiración de la Profesa” PDF Imprimir E-Mail
Política - De Pe a Pa
Escrito por Editorial AMN   
viernes, 26 de septiembre de 2008

 

 

  • Independencia nacional con tabla rasa
  • La Cueva del Diablo

Por: Alberto Vieyra Gómez

AMN.- La Conspiración de la Profesa” es el nombre con el que estudiosos e historiadores nos recuerdan que en el décimo mes de 1820 se celebraban en ese conciliábulo  las reuniones secretas entre el alto clero católico y Agustín de Iturbide y Aramburo con miras a pactar la independencia nacional pero con un matiz de tabla rasa. 

Iturbide era un militar que además de haber traicionado al cura Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga, se había distinguido por sanguinario, cruel, sádico y con antecedentes morales muy poco limpios.

Nacido en Valladolid –hoy Morelia- el 27 de septiembre de 1783 -día que en el curso de los sucesos había de ser tan glorioso para él-, Iturbide alcanzó fama militar por haber derrotado en esa plaza al generalísimo José María Morelos y Pavón  y para 1820 servía a la corona española  como comandante en jefe del Ejercito del Norte en Guanajuato, donde se dio a la tarea de cometer una serie de extorsiones a varios comerciantes y adinerados del más importante centro minero del país.

Los oligarcas lo denunciaron ante el virrey Juan Ruiz de Apodaca quien lo destituyó del mando militar y  turno su caso ante la Santa Inquisición. Pero por esas artes  de la corrupción y del gran poder político que ostentaba la iglesia católica, Iturbide fue rescatado y perdonado. Su amigo el ex virrey Félix María Calleja del Rey, a quien Iturbide sirvió  como una autentica víbora rastrera logró una sentencia a su favor.

El llamado “cerebro” de la “Conspiración de la Profesa” –iglesia que aún figura en las calles de Isabel la Católica y Madero del centro histórico de la ciudad de México-, era el canónico Matías de Monteagudo.

Tanto este como el resto de los conspiradores utilizarían todas sus influencias y poder para convencer al virrey Apodaca de que el único hombre capaz de someter a Vicente Guerrero Saldaña, era Agustín de Iturbide, único líder insurgente que aún peleaba con mas de 4 mil hombres en las montañas guerrerenses. Había plan con maña.

El virrey calló en la trampa. La alta mitra lo doblegó y el 9 de noviembre  de 1820, Apodaca extendía el nombramiento de Iturbide. En ese momento Apodaca se echaba la soga al cuello.

Iturbide llegó a Teloloapan –muy cera de Iguala- cuartel general de la comandancia del Ejército Virreinal el 1 de diciembre de ese año. Mientras afinaba El Plan de Iguala,  el jefe del Ejercito Realista establecía contactos epistolares con gran número de presuntos aliados, civiles y militares, radicados en las poblaciones más importantes del territorio mexicano. 

En esas estaba cuando en el mero día de los santos inocentes, el 28 de diciembre de 1820,  los realistas e Iturbide recibirían un no me olvides en la serranía de Temascaltepec, donde había sido destacado el Ejercito Realista para “limpiar de bandidos” la región.

Un fabuloso guerrillero indígena, Pedro Asencio –segundo en jefe de Guerrero-, fue quien les propino a los realistas una matazón estimada en más de 300. Iturbide sabía que con Guerrero no podía y además el plan era enteramente político. Así que el 10 de enero de 1821, Iturbide  dirigía  a Guerrero su primera carta con el encabezado: “Muy señor mío”

El caudillo, taimado y a la expectativa no dio señales de vida. Nervioso, Iturbide vuelve a escribir, y por fin,  la tan esperada señal de Guerrero llegó. El día 20, desde su campamento en la sierra de Jaleaca –al occidente de Chilpancingo-, el jefe insurgente responde a su adversario en términos comedidos pero muy recelosos. Todavía hablaron los fusiles antes de fumar la pipa de la paz.

El 27 de enero, Vicente Guerrero batió a una columna enemiga en  un paraje llamado La Cueva del Diablo. En apariencia esta épica página en la historia mexicana pasa prácticamente desapercibida para la mayoría de los investigadores e historiadores, pero significó ni más ni menos que la última batalla librada entre insurgentes y realistas, después de más de una década de encarnizada lucha que dejó como saldo más de 600 mil  compatriotas muertos y el surgimiento de una nueva patria.

Esta última batalla por la independencia nacional la dio y la ganó el más tenaz, constante, valeroso y renombrado de los supervivientes de 1810, Vicente Ramón Guerrero Saldaña. Iturbide se espantó. Volvió a la carga y disparó su tercera y definitiva  carta a Guerrero.

Fechada  el 4 de febrero de 1821 en Tepecuacuilco, la misiva, más política, más directa y más franca, ya no la dirigía en los términos urbanos de  “Muy señor mío”, sino en los más efusivos de “Estimado amigo” y añadía: “No dudo darle a usted este titulo,  porque la firmeza y el valor son las cualidades primeras que constituyen el carácter del hombre de bien, y me lisonjeo de darle a usted en breve un abrazo que confirme mi expresión”. Ni tardo ni perezoso, Iturbide le proponía entonces una urgente entrevista, y agregaba: “más haremos en media hora de conferencia que en muchas cartas”.

Guerrero y sus casi 4 mil hombres aceptaron. Los emisarios iban y venían de ambos frentes. En esencia el plan de Iturbide era el mismo que Guerrero le proponía al virrey Apodaca en su carta que envió a través del coronel realista Carlos Moya. Lo único que le repugnaba al caudillo insurgente fue que la tentadora corona de México se le ofreciera a Fernando VII y no a un mexicano.

Así las cosas, la independencia nacional se pactó no tanto con tabla rasa y los puntos medulares eran los siguientes: “religión católica,  sin tolerancia de otra alguna;  la Nueva España es independiente de la antigua y de toda otra potencia; su gobierno será monarquía moderada con arreglo a la constitución peculiar y adaptable al reino;  será su emperador el señor Don Fernando VII u otro miembro de la casa reinante española; provisionalmente gobernara una junta de regencia; todos los habitantes de Nueva España, sin distinción alguna de europeos, africanos ni indios, son ciudadanos de esta monarquía con excepción a todo empleo según su merito y virtudes; personas y propiedades serán respetadas y el clero regular y preeminencias; se formara un ejercito protector que se denominará de Las Tres Garantías: religión, independencia y unión intima de americanos y europeos; las tropas del anterior sistema de la independencia que se unan inmediatamente a dicho ejercito se consideran como de milicia nacional”.

Finalmente,  el 14 de marzo de 1821 en el pueblo de Teloloapan se llevó a cabo la tan cacareada  entrevista Guerrero con Iturbide y se produjo el famoso abrazo de Acatempan, que tan socorrido es por los manuales escolares de Historia y sirve  para el despiporre  intelectual y político cuando dos enemigos se abrazan para después volver a traicionarse.

¿Dónde estuvo la traición de Iturbide? Ese tema será motivo de otra entrega DE PE A PA, pero por ahora me limitare a decir que el 27 de septiembre de 1821 el Ejercito Trigarante haría su entrada triunfal a la ciudad de México. Pero esa memorable fecha también pasará a la historia  como el día en que las armas nacionales fueron humilladas, pues la parada militar fue desviada de su  ruta original  porque Iturbide quería rendirle tributo a su amante, María Ignacia Rodríguez, la famosísima Güera Rodríguez, que por aquellos años volvía locos a políticos de primer nivel y a los meros principales del clero católico.

 
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