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Política - De Pe a Pa
Escrito por Editorial AMN   
lunes, 29 de septiembre de 2008

 

 

  • Un presidente acorralado
  • Felipe cava su propia tumba

Por: Alberto Vieyra Gómez

AMN.- Felipe Calderón es un presidente acorralado y contra la pared. Él solito se metió en honduras. Ni como ayudarlo. El análisis de Strategos Consultores que me hace llegar esta semana es oro molido sobre este tema:

“La situación que priva en México supera con mucho la idea del mal ambiente al que aluden algunos analistas. La fotografía mexicana muestra la descomposición estructural del régimen y el colapso prematuro del gobierno. Los problemas rebasan al Presidente. La parálisis del establecimiento político es inocultable. El discurso dejó de ser representativo de la realidad. El grupo en el poder crea sus propios referentes, una suerte de realidad paralela que evita enfrentarlo a una crisis que con sus desaciertos ha alimentado.

Cuando Felipe Calderón convoca a la corresponsabilidad de los ciudadanos en el combate al crimen organizado, se le olvida que la función primordial del Estado -que él representa-, es la de garantizar el respeto a la vida de las personas y sus bienes. Refugiarse en la sociedad no hace más que evidenciar su incapacidad de gobierno.

¿Puede en estas condiciones mantenerse en el poder? La duda permea ya en los circuitos de decisión donde están los grupos que hasta ahora han sido sus factores estructurales de apoyo, como por ejemplo el PRI y el Ejercito Mexicano, donde comienzan a darse los primeros signos de irritación por una estrategia equivocada en el combate al narco crimen. Los soldados saben que podrían estar en vías de que se repita la historia de 1968, pero también porque saben que el jefe supremo de las Fuerzas Armadas los está convirtiendo en policías.

Pese al discurso oficial, Felipe Calderón  puede verse en la necesidad de abandonar el poder. Lo peor está por venir. La crisis juega en contra del Presidente. La situación no ha tocado fondo. Un coletazo del sistema político puede destruir todo. Para algunos esa sería la solución porque permitiría comenzar de cero o que en  el río revuelto ganen los pescadores.

 Los riesgos, sin embargo, son altos. Nadie sabe a ciencia cierta qué pasaría en un escenario en el que se tenga que sustituir al presidente, lo cierto es que las cosas no pueden marchar igual. Dos años de esta administración han sido suficientes para que algunos factores reales de poder estén en el proceso de reflexión respecto a la viabilidad de este gobierno. Para efectos prácticos, ya se instaló en la agenda la idea de que el primer mandatario y su gobierno están rebasados.

La pregunta es ¿puede el país soportar nuevos sacrificios sin que haya rupturas graves? ¿Está en condiciones Felipe Calderón de continuar así su mandato? ¿Por qué se resiste a reconocer lo evidente: un equipo que lejos de resolverle problemas le endosa costos por su ineficaz labor gubernamental? ¿Es tan difícil aceptar que ningún gobierno puede tener la mínima legitimidad si falla en lo básico, que es la protección de la vida de las personas?

En todos los escenarios la situación del Presidente es altamente comprometida. El hecho de que su gobierno no garantice lo mínimo, que es una convivencia social activa y pacífica y que no reconozca lo evidente como la ineficaz labor de su gabinete, plantea para el corto plazo un escenario todavía más complejo. La “guerra” que inició contra el narcotráfico y el crimen organizado, lo dibujan como un mandatario políticamente derrotado.

Sin visión integral del problema, Felipe Calderón ha sido incapaz de evitar su propio colapso. Hasta ahora, el Ejecutivo se hace consciente de la gravedad de los problemas cuando éstos se presentan; el primer mandatario reacciona, no prevé; su acción es tardía e inoportuna. La contundencia de la realidad acaba por desmentir su discurso.

¿Cómo llegamos al estado de descomposición que tenemos? En primer lugar, es necesario reconocer que el deterioro institucional y la crisis en los cuerpos de policía no es un fenómeno súbito, sino la consecuencia de años de omisión y corrupción. Las bases institucionales de la República se han minado desde hace varias décadas con su agravamiento a partir del año 2000.

 El gobierno de Vicente Fox aceleró el relajamiento del sistema político. Su administración no sólo fue permisiva, sino omisa frente a grupos y poderes fácticos que dañaron irreversiblemente  a las instituciones.

Fueron años en los que el crimen organizado y el propio narcotráfico actuaron prácticamente sin ninguna restricción. La fuga de Joaquín Guzmán Loera  El Chapo del Penal Federal de Alta Seguridad de Puente Grande, Jalisco, confirma esta interpretación.

Fueron muchos los excesos y los abusos durante el foxismo. Parte del origen de la actual crisis de seguridad pública debe buscarse en el pasado reciente. El propio secretario de Gobernación así lo evidencia cuando alude a la herencia foxista en el desarticulado Cisen.

En segundo lugar, debe reconocerse que con la llegada al poder de Felipe Calderón, se profundizó la ruptura política de México, a tal grado que a más de dos años de distancia, “Las heridas del 2006 todavía no cicatrizan cuando entramos a un nuevo ciclo electoral”.

A los problemas de legitimidad, el Presidente ha sumado los de eficacia. Con un gabinete inexperto, aventuró un proyecto contra el crimen organizado para el cual no estaba preparado. Ahora la lógica más elemental sugiere que el Ejecutivo sucumbirá ante el caos que él mismo generó, a menos que  acepte reestructurar a fondo su gabinete.

En tercer lugar, todo indica que la ingenuidad del grupo en el poder aunado a la inexperiencia de gobierno y al desconocimiento real del tema del narcotráfico y del crimen organizado, llevó al Presidente a cometer el error de basar la “solución” a este problema en actos efectistas de corte militar, lo que incluye las extradiciones. La estrategia fracasó porque la visión erró en lo básico: el conocimiento de la cuestión y la objetividad para valorar los riesgos. Hoy al Presidente se le ve acorralado”.E

 
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