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Política - De Pe a Pa
Escrito por Editorial AMN   
viernes, 18 de julio de 2008

 

  • Lo que mal empieza…

 

  • El telegrama que incendio al mundo

 

Por: Alberto Vieyra Gómez

AMN.- El 9 de enero de 1917, el arrogante emperador  Guillermo II de Alemania acordó con su canciller Arthur Zimmermann, el envió al presidente Venustiano Carranza Garza de un  telegrama doblemente encríptado conocido históricamente como el Telegrama Zimmermann,  a través del cual el imperio alemán le proponía trabar una alianza militar con Alemania y Japón con el fin de declararle la guerra a Estados Unidos.

Entre otros puntos medulares, los alemanes proponían a México que de llegarse a coronar con éxito esos planes, nuestro país recuperaría los territorios que los gringos nos arrebataron, gracias al entreguista presidente interino Manuel de la Peña y Peña y otros notables conservadores panistas de aquella época. Fueron 2 millones 547 mil 242 kilómetros cuadrados de nuestro territorio original que comprendía Tejas –sí, nuestra querida Tejas, así con “j”-, Arizona, Nuevo México, la alta California, durante la intervención armada norteamericana entre 1846 y 1848.

En nuestro DE PE A PA de ayer, documentamos la forma en que los servicios de espionaje ingleses interceptaron el Telegrama Zimmermann, enviado desde Berlín a través del cable trasatlántico que conectaba a Washintong con esa ciudad.

Claro está, que los gringos eran espiados sin que ellos se dieran cuenta. Pero cuando a principios de 1917, los ingleses, rusos y demás estaban a punto de ser aniquilados por el imperio alemán, principalmente por hambre  y enfermedades como la peste bubónica,  el espionaje ingles se vio obligado  a jugarse su ultima carta para que Estados Unidos se decidiera a entrar a la guerra, que en 1914 se había previsto que sería por tres o cuatro meses y ya iba en su cuarto año.

En Europa se libraban batallas feroces como la de Mons –que costó a los ingleses 600 mil hombres en un solo día y el Marne, Tannenberg, Lemberg e Ypres, todas ellas ejecutadas frenéticamente en los primeros tres meses de 1914. Las bajas en todos los frentes eran escandalosas.

Los belgas se habían defendido como gatos boca arriba contra todos los pronósticos alemanes que suponían una rendición inmediata e incondicional. Bélgica demostró que no hay enemigo pequeño.

Y reza un refrán “que lo que mal empieza, mal acaba”. Y es que en agosto de ese 1914, Alemania sufrió dos inesperados reveces que fueron fundamentales, al igual que el Telegrama Zimmermann en 1917 para que el imperio alemán pasara a mejor vida.

En el amanecer del 5 de agosto, una rara embarcación proveniente de Manchester hacia su arribó sigilosamente a Enden, en la frontera alemana. Para cualquier observador los trabajos que se llevaban a cabo a bordo de dicha embarcación podrían haber parecido a simple vista maniobras pesqueras y sin importancia. Sin embargo, se trataba del primer acto abierto de guerra declarada por Inglaterra a Alemania, en donde México habría de protagonizar un papel  tan destacado como increíble eje del mundo.

Una vez localizado el lugar exacto para anclar, los  presuntos pescadores extraían de la panza del Telconia unos largos brazos negros de acero que rápidamente fueron instalados para cumplir la secreta misión de tan sofisticado barco ingles.

Los motores se habían apagado. Era imposible levantar alguna sospecha, sobre todo ante la cercanía del territorio enemigo. La noche de ese verano era tibia y tranquila. El imponente silencio era perturbado de vez en cuando por algunas gaviotas que revoloteaban curiosas sobre volando el Telconia en busca de pescado.

Las aguas inmóviles del mar del norte parecían despertar cuando los pescadores camuflados dejaron caer dos enormes ganchos de acero que se hundieron inmediatamente en el mar, mientras unas gruesas cadenas oxidadas se desenrollaban entre sonoros ruidos. La tripulación estaba distribuida estratégicamente en sus puestos. Cada quien tenía una encomienda e instrucciones precisas, tal  como correspondía a la delicada misión, que obviamente tuvo que haberse encomendado a un comando especializado. Todo se hacia con profesionalismo y precisión.

La tripulación del Telconia comenzó a cortar hábilmente los cables submarinos que unían a Alemania con el resto del mundo. Cinco cables corrían a través del canal de la Mancha, otro comunicaba a Brest en Francia, uno mas a Vigo, España, otro a Tenerife en África del norte y dos más a Nueva York, vía las islas Azores –que actualmente pertenecen a Portugal-, una parte de los cables mutilados fue guardada precavidamente a bordo de la embarcación, la otra punta, una vez inutilizada fue lanzada al mar.

El daño para Alemania fue mayúsculo e irreparable. La reconstrucción era imposible, más aún en tiempos de guerra. Alemania se quedaba totalmente aislada después de una operación matemática exitosamente ejecutada por lo que se conoce históricamente como la operación  Telconia.

Solo el cable submarino trasatlántico que comunicaba a Washintong con Berlín no fue tocado por los ingleses. Por ese cable, los espías británicos tenían alambreados a los gringos. Fueron loa primeros que tuvieron en sus manos el Telegrama Zimmermann.  Pero no sabían como informar a Washintong, donde necesariamente descubrían que eran victimas de espionaje a cargo de sus aliados.

Los ingleses desplegaron entonces a sus más importantes espías en México para rastrear  si el Telegrama Zimmermann había llegado a manos de Venustiano Carranza o su canciller  Candido Aguilar. Cuando comprobaron que el Telegrama había sido enviado de Washintong a México por la Western Unión de México, fue cuando comunicaron la buena nueva a Washintong y a Woodrow Wilson no le quedó más remedio que entrar a la guerra y salvar a sus aliados que estaban a punto de perder.

Y dice otro dicho “que las desgracias nunca llegan solas”. Después del golpe que los ingleses propinaron  a la  yugular de Alemania con el corte de los cables trasatlánticos, dos cruceros de la marina mercante alemana, el Ausburg y el Magdeburg, que navegaban ocultos bajo una intensa niebla a la entrada del Golfo de Botnia, entre Suecia y Finlandia, cayeron en poder de los rusos.

Las tripulaciones en ambas naves hicieron esfuerzos desesperados por salir de las heladas aguas del mar del norte. No pudieron. En las maniobras ambas naves quedaron inclinadas pues en esa parte del mar la profundidad  era de tan solo cinco metros de profundidad. En su desesperación, la tripulación ordena la destrucción de uno y otro barco por medio de 120 proyectiles de mortero.

El Magdeburg rugía como una fiera. Los rusos ya habían sido alertados del siniestro de ambas naves alemanas que eran dos enormes objetivos militares. El Magdeburg llevaba en su interior los códigos naval alemanes en materia  comercial, militar y diplomática, que fueron entregados a los servicios de espionaje ingles, encabezados por el ex almirante William Reginal Hall. Y reza otra máxima de los abuelos “que el que pega una vez, pega dos, y pega tres”.

A mediados de 1915, el espía más talentoso de los alemanes, Wilhelm Wasmuss estuvo a punto de caer prisionero en la India House,  un hotel que se ubicaba a solamente unas cuantas cuadras del Cuarto 40,  de los servicios de espionaje de la Gran Bretaña. Antes de llegar al hotel Wasmuss escapó a caballo y en su huida solo clamaba  por su equipaje. El espía al servicio del kaiser alemán portaba en su equipaje lo que sería uno de los tesoros más valiosos y asombrosos de la historia del espionaje: El Código Diplomático alemán, el 13040.

A través del código 13040, interceptado a Wassmuss, los hombres del espionaje ingles pudieron finalmente leer los más importantes y no menos secretos mensajes enviados por Berlín a todas sus representaciones en el extranjero.

Los valiosísimos hallazgos arrebatados a los alemanes permitirían a finales de enero y principios de febrero de 1917 descifrar el telegrama Zimmermann  enviado a Venustiano Carranza, y que obligó a Estados Unidos a entrar en la primera guerra mundial.

Los espías ingleses lograron establecer también como los alemanes intentaban repatriar a México en 1914 a Victoriano Huerta Marquez para volverlo a sentar en la silla presidencial, para que le declarara la guerra a Estados Unidos.  El emperador alemán Guillermo II había destinado 12 millones de dólares para tal fin. Ocho millones fueron depositados en un banco de la Habana, Cuba. Pero de este episodio en materia de espionaje le hablare el lunes.

 
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