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Política - De Pe a Pa
Escrito por Editorial AMN   
lunes, 21 de julio de 2008

 

 

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  • *Victoriano Huerta fue espía de Alemania
  • *Su hígado del tamaño de una nuez

 

Por: Alberto Vieyra Gómez

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AMN.- En punto de las 6:00 de la tarde del 12 de abril de 1915, Victoriano Huerta Marquez desembarcó en Nueva York procedente de Barcelona, España. Traía una misión muy secreta que cumplir en México: Retomar el poder bajo el patrocinio del imperio alemán para declarar la guerra a Estados Unidos.

Muy sonriente declaraba en Nueva York, al New York Times: “Vengo a Estados Unidos en viaje de placer. Carezco de planes para el futuro. Solo busco la paz y la tranquilidad en los últimos años de mi vida…. En lo que hace a mi país, es imperativo que se le deje resolver sus problemas internos sin la intervención de potencia extranjera alguna”.

El feo guerrero, de origen huichol, lucía esa vez un impecable traje azul, sombrero de fieltro café, camisa blanca y una corbata negra de satén que ostentaba un fistol en forma de un enorme diamante ligeramente abajo del nudo. Desde que fue derrocado en México en 1913 y durante toda su estancia en Barcelona, Victoriano Huerta fue espiado por agentes carrancistas que o vigilaban a cada paso que daba. Los espías carrancistas pudieron descubrir que también era espiado por agentes alemanes y norteamericanos. El ni cuenta se daba.

El presidente gringo Woodrow Wilson recibía informes  cotidianos sobre el comportamiento del ex dictador mexicano.

En el Bajío se libraban feroces combates entre la División del Norte de Pancho Villa y el Gobierno Federal carrancista, que a su vez buscaba  aplastar a la guerrilla zapastista,  negociaba la venta de armas y pertrechos con el jefe de la Casa Blanca,  todo eso y mucho más pero sin perder de vista todos los movimientos  de Huerta, que era feo con “F” de foco fundido.

Ya en gringolandia, Victoriano Huerta puso manos a la obra. Recibía a pequeños grupos de hasta 500 oficiales del Ejercito Mexicano en el hotel Ansonia. El gobierno de Wilson le puso marcaje especial con espías por todos lados.

Huerta disimulaba  y buscaba distraer la atención del gobierno gringo y la prensa. Un día declaró que alquilaría una mansión en Forest Hills y se ganaría la vida trabajando como ingeniero civil. La verdad es que Huerta recibía cada vez más generales del Ejercito Mexicano.

En innumerables ocasiones se reunió con espías alemanes, entre ellos los agregados militares de la embajada alemán en Washintong, el capital Karl Boyd-Ed y con el capitán Franz von Papen.  Con estos espías, Huerta acordó que los alemanes le harían llegar una gran cantidad de armas y parque que serían desembarcados en puertos específicos de las costas mexicanas, a través de los poderosos submarinos alemanes. Huerta recibiría un “cañonazo” alemán de 12 millones de dólares.

Huerta  hizo que viajaran a Estados Unidos Pascual Orozco, Félix Díaz  y otros altos mandos castrenses para asignarles los papeles que desempeñarían para retomar el poder en México.

Pero no solo los servicios de espionaje norteamericanos estaban al tanto de lo que hacia el general Huerta. De sus andanzas estaba informado minuto a minuto  un personaje que siempre contaba con la mejor información confidencial y encabezaba los diestros y siniestros servicios de espionaje ingles. ¿Su nombre? William Reginald Hall.

“Las orejas inglesas” en Estados Unidos estaban hasta en la sopa. Se dieron el lujo de colocar  como ama de llaves del embajador alemán acreditado en Estados Unidos, el señor Von Berndtorff, a una espía checa, que odiaba con odio jarocho a los alemanes y era la encargada de checar  desde la correspondencia personal del diplomático alemán hasta sus llamadas telefónicas, pasando por lo que había en los papeles de su portafolio, su escritorio y hasta lo que hacía en el baño, sin faltar espiar desde la ropa sucia hasta los trajes de etiqueta.

Esa espía solía esconderse magistralmente tras las puertas y llegó al extremo de saber la clave de la caja de seguridad de la embajada para copiar  y obtener información de lo más trascendente.  El caso es que sobre Huerta había más espías que avispas en un avispero. Huerta y sus aliados alemanes continuaban en sus perversos planes.

El 26 de julio de 1915, El Chacal abordó un tren que lo llevaría a San Francisco, después de presenciar un partido de béisbol. Interpretaba muy bien el papel de ser un hombre dichoso. En Kansas City,  el ex dictador cambió inesperadamente de planes y anunció que ya no viajaría  a ver la feria de San Francisco, sino que  se enfilaría hacia el Paso, Texas, para visitar a una de sus hijas.

Cuando  Huerta, acompañado de su compadre Pascual Orozco y algunas más que le acompañaban, descendieron del tren, inmediatamente fueron detenidos. Un oficial que se identificó como delegado del Departamento de Justicia del gobierno de Estados Unidos les anunció  que no podrían proseguir su camino y de inmediato fueron escoltados por cuando menos 25 hombres uniformados de a caballo y otros tantos de a pie. El fanfarrón Victoriano Huerta se puso más negro de lo que era y hasta amenazó a aquel oficial gringo descubriéndose  el saco  en la parte de la cintura dejando entre ver una pistola Colt 45. Pero fue sometido.

Huerta y Orozco fueron recluidos en una prisión del Paso. Pero un buen día, Pascual Orozco se “peló”  y cuando huía hacia México fue asesinado por espías al servicio de Estados Unidos.

La muerte del compadre sumió a Huerta  en una gran depresión. El ex dictador que solía despachar sus asuntos en las cantinas cuando usurpo el poder en México, le entró duro y macizo  al coñac. Todos los días  se tomaba tres botellas de Henessy.

En la navidad de 1915, Huerta comenzaba a vomitar sangre. El cuartucho de su prisión olía a rayos. Un grupo de médicos tomó cartas en el asunto. Llegaron a la conclusión que había que operarlo para ver como estaba el hígado. Huerta se negó a que lo anestesiaran. Tenía pánico a delirar   y que los gringos se enteraran de sus siniestros planes al servicio del imperio alemán. Los galenos tuvieron que operar a valor mexicano. Su cirrosis era terminal.

La mañana del 2 de enero de 1916, los médicos descubrieron que el tamaño del hígado del ex dictador mexicano era del tamaño de una nuez.  Pronosticaron entonces, que el paciente tendría  cuando más dos semanas de vida. Y no se equivocaron.

Victoriano Huerta estiró la pata el 13 de enero de 1916, mientras sus escasos seguidores que lo acompañaron en sus últimos momentos alegaban todavía que a Orozco y Huerta los habían matado los gringos por que ya no podían sacarles ningún provecho. En DE PE A PA de mañana el desenlace del Telegrama Zimmermann  que incendio al mundo.

 
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