Espectáculos
Medio siglo sin Pedro.
| Medio siglo sin Pedro. |
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| Escrito por webmaster | |
| jueves, 10 de abril de 2008 | |
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Por Alberto Vieyra Por Alberto Vieyra
Una tarde de junio de 1938, el arribo del tren a la antigua estación de Buenavista, fue
puntual. La potente locomotora de vapor dejó de echar bocanadas de
humo. Paró en el andén. De uno de los vagones de segunda clase, descendió
un joven de unos 19 años que vestía un brilloso y rabón pantalón azul,
producto de planchadas y más planchadas, una camisa blanca también
usadona, un bigotito bien recortado y bien peinado con mucha glostora,
con sólo 70 pesos en el bolsillo que su mamá había pedido prestados
para el viaje. Pese a todo, aquel muchacho lucía elegante.
Dos cajas de cartón por maletas y una vieja guitarra, componían su equipaje. A lo lejos en el andén, una hermosa muchacha de ojos azules, cara redonda y un poco mayor que él, levantaba jubilosa los brazos, señalando que ahí estaba su chorreada. Se abrazaron y de rigor vinieron las preguntas sobre el viaje.
¡Espléndido.
Muy bien, muy bien!, diría aquel apuesto joven provinciano que llegaba
a la llamada Ciudad de los Palacios, decidido a conquistarla lo más
pronto posible, como lo hacen millones, la mayoría sin éxito, que han
pasado a formar parte de cinturones de miseria.
Aquellos
dos jóvenes salieron de la terminal ferroviaria, para caminar felices
muchas pero muchas cuadras, impresionados por el bullicio de la gran
ciudad. Sin darse cuenta, caminaron hasta la calle de Ayuntamiento, muy
cerca de
Al
día siguiente, aquel joven llegó puntualito por su amada. Juntos
recorrieron en paralelo las calles de Artículo 123, Victoria y
Ayuntamiento buscando un cuarto donde hospedarse, de acuerdo a sus
posibilidades económicas. Entraron a una vieja vecindad de la calle de
Ayuntamiento, donde por 18 pesos mensuales les rentaron un cuarto
amueblado, adelantándole un mes de renta a la dueña. Cansados, se
tendieron en una vieja cama que con un buró, una rústica mesita, un
pequeño armario, un perchero incrustado en la pared, todo muy corriente
y deslucido, componían el mobiliario de aquel primer nido de amor.
Después
de descansar un poco, la parejita salió rumbo al antiguo pueblo de
Tacuba en busca de Ángel, hermano mayor del joven. Un taxi les dio
vueltas y vueltas, hasta que por fin hallaron el domicilio, pero ¡oh,
maldición!, el hermano estaba fuera de México y por seis pesos viaje
redondo, el auto de alquiler los regresó a su morada de Ayuntamiento.
Ese día medio comieron. Había que economizar. A veces, sólo desayunaban
un café con un pan y otras, unplato de frijoles. Llegó la noche y es
fácil imaginar las escenas de amor y juramentos que ambos hacían para
luchar juntos.
Acurrucados
ya y dispuestos a dormir, comenzaron a sentir horribles piquetes en sus
cuerpos y a escuchar extraños e inquietantes ruidos.
¿Querrán abrirnos la puerta? Le decía ella, mientras horrorizada se fundía en sus brazos.
¿Para robarnos qué mi linda? Respondía él con voz nerviosa, al tiempo que decidió levantarse para encender rápidamente la luz.
¡Horrorizados!, vieron cómo un verdadero desfile de chinches huía
a sus escondites en el colchón, mientras las ratas, también presurosas,
se escondían entre los viejos muebles y el carcomido piso de madera,
medio cubierto o remendado por una gran cantidad de pedazos de
linoleum. Ambos empezaron a reír, pero el pánico se había apoderado de
los dos. Ya no pudieron dormir. Fueron hasta la zotehuela para prender
el calentador de leña y aserrín, esperaron hasta que estuviera el agua
caliente y se dieron un regaderazo como queriéndose quitar no solo la
comezón, sino la suciedad de aquellos roedores y bichos chupeteadotes.
Pa’ ver sabido que la guayaba –la fruta reina de la vitamina C-, es el
mejor antídoto para exterminar chinches y acabar con ese infierno.
Pero…. ¿y las ratas?
Salieron
y al regresar, hablaron con la dueña narrándole la noche de horror que
habían vivido y pidiéndole que por favor les devolviera los 18 pesos.
La buena señora aceptó y hasta les ofreció disculpas.
Otra
vez a buscar hospedaje. No caminaron mucho y en la misma calle de
Ayuntamiento junto a la “W”, encontraron otro cuarto ya sin la molesta
fauna nocturna que ahora les costaría 20 pesos mensuales. Pasaron ahí
algunos días y el joven comenzó a buscar trabajo, pero nada encontraba.
Hasta que un día vieron que en
“Me
inscribiré mi amor”, le dijo el joven a la muchacha. Al día siguiente,
bien arreglados llegaron hasta la radiodifusora. Sin embargo, al entrar
ella tuvo un extraño presentimiento y lo jaló de la mano diciéndole que
primero fueran a misa para pedirle a San Nicolás de Bari, el Santo de
los desempleados –que debe tener millones de devotos en este momento-,
que los ayudara. Al salir de la iglesia, vieron al fondo de la calle y
del jardín del Buen Tono, unas siglas que decían: “XEB”. Allá se
dirigieron, ya no a la “W”. Tocaron la puerta pero nadie les abría.
Finalmente entraron y al final de un largo pasillo, se encontraron con
un hombre en medio de muchos aparatos. El nombre de aquel empleado, era
el de Luis Ugalde, quien recibió amablemente a la pareja de jóvenes,
que sin ambages le dijeron que buscaban trabajo.
¿Qué
hacen, cantan a dúo? Preguntó don Luis. El joven respondió que eran
esposos, pero que sabían cantar. Sin embargo, le aclaró que quien
realmente quería trabajar era él.
¡Ajá!...
dijo el ingeniero Ugalde, a quien le había caído espléndidamente bien
el joven con acento norteño. Ugalde fijó la fecha para escuchar aquel
galán y los novios salieron contentísimos. Llegó el día. El joven ya
tenía como dicen, cayo, pues allá en Culiacán,
Sinaloa, ya era medio famoso y estaba muy familiarizado con el
micrófono. Pero en el instante en que se paró frente a él, palideció. Consentida,
era la canción que el joven eligió para interpretar. La presentación
fue un fracaso. Nunca había cantado tan mal. Los nervios lo
traicionaron. El público que se había acercado al aparato para oírlo,
se fue decepcionado. Naturalmente, fue rechazado.
Aquel joven que había tenido una muy mala tarde y que con humildad pedía otra oportunidad, respondía al nombre de Pedro Infante Cruz.
continuará….
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(AMPRyT).-