Argos Is-Internacional.- Con su triunfo el
flamante presidente reivindicó a los de su raza. Una vez el benefactor
fue Lincoln y la otra Kennedy, por primera vez la victoria no fue un
premio a la mansedumbre. No es una victoria sobre los blancos, sino
contra la reacción. La gloria es mucha y el precio también: nunca más
Obama recibirá el beneficio de la duda.
El
que hasta ayer fuera el único negro en el Senado norteamericano, el más
exclusivo de los clubes políticos, dejó de ser el candidato preferido y
la luz al final del túnel de una era nefasta para convertirse en el
jefe del más grande los imperios y del país de cuya estabilidad
económica depende el destino de parte de la humanidad.
Concluida
la campaña electoral, sin posibilidades para más cabalas ni encuestas y
cumplidas las formalidades protocolares, la atención se centra en la
designación del equipo de transición, la ceremonia de toma de posesión
y la selección del gabinete.
Si
bien George Washington, el primer presidente advirtió del peligro que
representaban las facciones políticas cuya prominencia conducía a que,
en lugar de servir a la Nación, el gobierno representara un partido, no
fue escuchado. Andrew Jackson, el séptimo mandatario introdujo la
práctica, vigente hasta hoy de cubrir todos los cargos del gobierno con
miembros del partido ganador. Obama no será la excepción, razón por la
cual debemos esperar una administració
n esencialmente demócrata que, aunque no será negra, no excluirá a los de color.
Dado
el estado de guerra que vive el país, el nuevo presidente deberá
esmerarse al escoger al Secretario de Defensa, obligatoriamente un
civil que naturalmente puede ser un ex militar. Aunque no está obligado
a hacerlo ni constituye una regla, de acuerdo a los resultados de la
evaluación del desempeño, podrá remover al Presidente de la Junta de
Jefes de Estados Mayores y al Comandante de las tropas en Irak.
En
medio de una profunda crisis financiera y monetaria y ante la
perspectiva de avanzar hacía la refundación del sistema monetario y de
las finanzas mundiales, serán de vital importancia los nombramientos
para los cargos de Secretario del Tesoro y Presidente de la Reserva
Federal. En concordancia con su perfil, no es presumible que el
Secretario de Estado sea un halcón. Es de esperar que para la función diplomática más importante, la de de embajador ante la ONU, nomine a un allegado suyo.
Uno de los cargos que pudieran indicar hasta qué punto la nueva administració
n
avanzará hacía la recuperación de los valores y las prácticas del
liberalismo político clásico es el de Fiscal General, cargo para el que
George Washington nombró a John Jay, uno de los ideólogos de la
Revolución Norteamericana, firmante de la Declaración de Independencia
y presidente del Congreso Continental y desde entonces ha sido
desempeñado por políticos más que por juristas.
El
enfrentamiento al terrorismo, la necesidad de regular y controlar la
actividad y el perfil de los órganos de inteligencia y
contrainteligencia, supone una cuidadosa selección del Jefe del
Departamento de Seguridad Interna.
Tradicionalmente, ante cada cambio de administració
n,
la empresa privada, sobre todo las transnacionales se entusiasman por
la enorme cantera de especialistas que quedan cesantes y salen al
mercado de trabajo. Esta vez la alta gerencia mira para otro lado; es
poco el material aprovechable que deja Bush.
Cuando
el 30 de abril de 1789, después de un agotador viaje de alrededor de
mil kilómetros, a lomos de caballo y por vía fluvial, en una canoa
manejada por remeros todos de blanco, George Washington, el único
presidente norteamericano que no buscó el cargo y que resultó electo
por unanimidad, llegó a Nueva York y desde un balcón del Federal Hall,
en Wall Street, prestó juramento, uno de sus camaradas de lucha dijo:
“Es el primero y todo cuando haga será precedente”. Desde otra
distancia, de otra manera y con otros acentos, pudiera decirse lo mismo
de Barack Obama.
Tal
vez transcurran algún tiempo antes de que la ultraderecha
norteamericana pueda “procesar el duelo” y familiarizarse con la idea
de que, ha pasado la página y la suya fue una oportunidad perdida.
Para
la izquierda mundial, en especial para los procesos avanzados en
América Latina se abre un compás de espera a la expectativa del rumbo
que tome la política hemisférica de la nueva administració
n norteamericana. El nombramiento del subsecretario para asuntos latinoamericanos nos dará una idea.
En
cualquier caso, ojalá Obama justifique las esperanzas y contribuya a
archivar la tesis históricamente cierta de que: “Nada hay más parecido
a un republicano que un demócrata”.
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