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Política - Política
Escrito por Editorial AMN   
sábado, 23 de agosto de 2008

 

  • Los perros de Rockefeller

Por: Jorge Gómez Barata

Argos Is-Internacional.- En los años noventa, en medio de la polvareda levantada por el derrumbe soviético, cuando Cuba luchaba por sobrevivir y en Miami contrarrevolucionar ios exaltados vociferaban por tres días de licencia para matar a la caída de la revolución, en un seminario sobre Democracia y Participación, Amalio Fiallo, un eminente profesor cubano que ha enseñado en Cuba, Chile y Venezuela, para simbolizar la desigualdad, mencionó el hecho de que los perros de Rockefeller tomaban leche y comían carne todos los días…

Respetuosamente un joven lo interrogó: ─ Profesor: Qué creé usted que ocurra si los perros de Rockefeller son liquidados. ¿Habrá leche y carne para los niños pobres…?

─ Probablemente no, respondió el profesor.

─ Y si fueran suprimidos todos los ricos con todas sus mascotas. ¿Se resolverá el problema del hambre?

─ Tal vez no y tampoco veo el beneficio de semejante masacre. Comentó el conferencista quien seguidamente deleitó al auditorio con una exposición acerca del carácter estructural y sistémico de la pobreza, el hambre y la injusticia social. 

Con siglo y medio de atraso el proceso político latinoamericano ha llegado a un punto en el que es posible armonizar elementos que en nuestros ambientes eran antagónicos. Ahora se puede ser socialista, demócrata y revolucionario al mismo tiempo y, esta vez, la revolución no es contra nadie sino a favor de todos. Ahora el cambio puede ser resultado de un acuerdo y no de una guerra.

Los gobiernos populares en Latinoamérica hoy son resultado de elecciones, cuentan con parlamentos, conviven con la oposición, dialogan con ella y la exhortan a trabajar juntos, funcionan sindicatos y prensa independiente y nadie les pide a los gendarmes ni a los militares que repriman a los preteridos y desposeídos.

Al plantearse los cambios que en América Latina deberán realizarse desde el punto de vista estructural, los gobiernos populares evaden la retórica clasista y evitan acentuar excesivamente la atención a un estrato social. No se trata ahora del poder proletario ni de gobernar exclusivamente para los pobres. No se puede combatir la exclusión practicada por la oligarquía con otra ni confrontar los enfoques elitistas con discursos sectarios que, difícilmente conduzcan a consensos de amplia base y diversidad de fuerzas.

No se trata de liquidar a personas ni suprimir estratos sociales, sino de renovar las estructuras, especialmente la propiedad de la tierra y de los recursos naturales que son de toda la Nación, regular las relaciones con el capital extranjero, reinventar los mecanismo que aseguran la participación popular decisoria y no meramente consultiva, establecer un orden jurídico que asegure la justicia social, no con dadivas a los pobres sino mediante una justa distribución y de establecer inequívocamente el principio de que la tarea del Estado es asegurar el bien común.

No es renunciar a la lucha de clases sino de comprenderla de otra manera, asumir actitudes blandengues ni retroceder respecto a momentos más radicales, sino de combinar firmeza con tolerancia, trabajar por la unidad para forjar consensos basados en metas compartidas y beneficios para toda la sociedad.

En todas partes, el empeño positivo debe ser eficazmente complementado con la denuncia a los sectores de la burguesía y la oligarquía cuya reacción visceral, descarta la razón y les impide comprender que el cambio también les conviene a ellos y, donde no quede otra alternativa, confrontarlos, siempre con moderación y generosidad.

No se trata de realizar campañas para persuadir a los ricos de que sean menos egoístas y a los pobres para que depongan o sus demandas y moderen sus urgencias, sino de lograr lo que ya tienen las naciones más avanzadas en las que los mínimos de bienestar y justicia social que, dicho sea de paso, llegaron de la mano del otro socialismo real, haga menos opresiva la existencia. El problema no desgastarse en un debate estéril, sino determinar qué hacer aquí y ahora  y cómo usar el poder y el mandato que las masas han conferido a sus nuevos líderes. 

Nadie debe esperar que estos procesos se comporten igual en todas partes y que las diferentes vanguardias puedan conducirlos del mismo modo. Habrá lugares en que se podrá administrar la crisis que provoca la ruptura del status quo y en otros la confrontación puede ser inevitable.

 Un amable lector me calificó como integrante de una “izquierda minimalista”. Ahora no sé si era elogio o critica. En todo caso lo importante es comprender la naturaleza y la escala de cada escenario particular y la dialéctica del proceso en su conjunto definir las prioridades: primero lo primero.

Modificado el ( sábado, 23 de agosto de 2008 )
 
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